martes, 4 de diciembre de 2007

Aforo completo

No hay localidades para la sesión de las 19,30: el letrero más temido.
Parece que la tragedia acelera mi ánimo.
Pienso en el efecto benéfico de meterme en un cine para ver una vieja peli de 1944 en fascinante B/N titulada La torre de los siete jorobados, española, fantástica, realizada en plena posguerra, mágico paralelismo con mi intento –vano- de alejamiento del mundanal ruido.
Mientras esto garabateo podría estar viéndola.
Y no sé porqué no estoy absolutamente decepcionado.
He logrado vencer mis barreras horarios y las más de 10 estaciones que me separaban de mi cubil laboral, qué desafío.
Me regenera pensar que el mundo tiene algo más que hacer a estas horas de la tarde, ya noche. Auge cultural. Como ese kiosco que veo desparrama sus revistas, sus libros por toda la pared del sex-shop aledaño mientras me alejo de la Filmoteca. Mundo Fantástico.
El vendedor en el interior iluminado de un kiosco de la Once asoma sus ojos entre las hojas, pega su nariz en un libro de Bob Dylan. Afuera el frío y la noche pero él se embulle, adivina entre las páginas y la luz de su cuchitril. Imagen que revive mi ánimo.
En una pajarería, eufemismo de todo menos pájaros, habitáculos a modo de peceras –sin peces- algo se estremece sepultado entre las virutas de papel. En otra sólo se ve un lomo apenas palpitante. Otro "mira ese que mono" hipnotiza a los viandantes.
Más adelante una pareja se busca la boca en la oscuridad.
Es un Madrid ocre, intimidado por unas calles que ya apuntan los fastos de fechas venideras, las conversaciones amortiguadas de los cafés al otro lado del cristal se intuyen, envidian, aman al pasar. Que huele a escape de autobús y a pastelería. Que conozco.
¿Y si a la vuelta de la esquina, me paro, me agacho, levanto la tapa de la alcantarilla y me deslizo por unas oscuras escaleras alumbradas por crepitantes antorchas que conducen a La torre?
Esperaré a otra ocasión. Ni editada ni pase televisivo pasado que recuerde. Me gustan los imposibles.

jueves, 25 de octubre de 2007

F c I N e

El otro día acudí a saciar mis (más altos) instintos contemplativos a unas multisalas del más selecto suburbio madrileño. En el seno de aquel pizpireto enclave comercial, pagué sólo 9 € de entrada bajo el subterfugio (vip no, vil) de disfrutar de una butacas más propias de un paritorio. ¿Necesito estas alforjas para este viaje? Acostumbrado yo desde mi adolescencia a plebeyas butacas chirriantes con muelles y chicles agazapados en recónditas oquedades. Pues había allí menos gente que el número de mesas –siete- que reza el título de la película que echaban. Bella Maribel. A mi me gustan casi todas. La de Gracia también. Me sorprende la producción conjunta del señor Cerezo y don Elías. Tan distintos. La unión hace la fuerza, que dicen.
A la salida, en lugar de ver el afiche del enésimo trance del niño mago, me topé con el siguiente cartel:



Y pienso lo de “Fin” huelga, ya no sale en las películas que se cierran con un fundido en negro y los títulos, que casi nadie lee, y la banda sonora, que casi nadie oye, que luego casi todas las televisiones cortan.

No hay cines en Lisboa.

martes, 16 de octubre de 2007

domingo, 14 de octubre de 2007

Opinión inborde

El nacionalismo, sea del signo que sea, es una enfermedad mental, una paranoia exacerbada que hace ver gigantes donde sólo hay molinos y banderas, donde ya sólo quedan códigos de barras.
David Torres, Diario El mundo, 13 de octubre de 2007.

jueves, 11 de octubre de 2007

viernes, 28 de septiembre de 2007

El verano que viví peligrosamente (1)

(Mail de Fox Rodríguez desde el hospital)

Amigo mío, he de contarte mis avatares de las últimas semanas dado que pasarán todavía algunas más hasta que pueda pasarme por tu piso a relatarte oralmente y con toda suerte de detalles lo que aquí trataré de resumirte, las múltiples circunstancias que me han llevado este verano a convertirme en una persona famosa requerida por la ciencia.

Sucedió que decidí, en cambio, consagrar mis vacaciones a esa otra rama del saber que es el Arte. Ya te comenté precipitadamente antes de mi partida que acepté la invitación de esa chica que conocí aquella última noche en que tu no compareciste, aquejado de ese mal tan usual en ti de no salir por no tener un duro, y que, pese a mi insistencia en sufragar yo mismo todos los gastos de aquella velada, tu insististe en no venir. Así, mientras apuraba mi segunda rubia, harto ya de pedirte que bajaras, me encontré a nuestro buen Mario, como siempre bien surtido de proposiciones nocturnas, siempre con el denominador común de cenar. Yo, que últimamente estoy cansado de saltarme esa sana costumbre y pasar directamente a las copas (y terminar la noche con ellas), decidí hacer una excepción, aderezada por su promesa de tratar de reinsertarme en los cauces de la grata vida social, presentándome a un grupo de conocidos suyos, a quienes tenía la más alta estima. Y trabé fácilmente conversación con esa chica, Najwa, licenciada en Historia del Arte y en vías de obtener su doctorado, que, se me antojó un cruce entre mi musa intelectual Belén Gopegui y mi otra guía, si se me permite tal símil, de la feminidad, Julia Roberts –sí de nuevo hago alusión a mi icono sexual-, aunque últimamente mi interés se ha trasladado y se divide entre la compañera del telediario nocturno de Sánchez Dragó o la seductora actriz de una infumable telenovela mejicana soft-core para noctámbulos que emiten en no se qué canal digital. Yo, que debería haber desconfiado de ella sólo por su nombre, al principio pensé que quizás era italiana, por un deje hortera que distinguí en su voz, un rastro de sus estudios en Roma, no precisamente a ese otro lado del Tíber donde yace ese insigne aunque pequeño Estado, para más tarde, concluida la cena, en plena efusión etílica, ya sabes, como solemos gastar nosotros estas veladas como pago del desánimo en que nos debatimos, me confesaría ser de Palencia. La ínclita me contó se desplazaría sin dilación en la jornada siguiente a tierras castellanas para culminar su tesis doctoral acerca de “La utilidad del carbono 14 para medir el progresivo deterioro de la piedra de la zona trasera del ábside de la catedral de Burgos”. Yo, que debería haber desconfiado de ella por sus repetidos viajes a la parte de atrás del bar, y por sus incesantes saludos al personal que por allí pululaba, tendría que haber considerado esto como un innegable signo sospechoso en una chica presumiblemente tan leída y vinculada a mayores empresas, y, tras reiterarla mi interés y disposición a que me siguiera contando sus hazañas académicas al abrigo de mi apartamento, no conseguí, en cambio, vencer su fuerte determinación de retirada para encaminarse al día siguiente a la mencionada capital morcillera. Pensé que quizás habría llegado mi hora de sentar la cabeza, de dar la espalda a otro verano de disipación litoral pasada por aftersun y que quizás la llamada del Arte que había recibido esa noche fuera un signo inequívoco de la necesaria inflexión de mi confusa vida. Así que dejé escapar, como es costumbre e inoportuno en mí, antes de lo debido, mi propuesta de acompañarla, víctima en la red, como luego sabría, de sus aventuras, en aquel garito ya inhóspito del profundo Lavapies, de igual modo que un rato después vertí mis últimos reductos gástricos en lo profundo de mi váter. Tras ello caí en un profundo aunque poco reparador sueño y al día siguiente rondando ya las cuatro de la tarde vagaba por mi cocina en busca de algo de café mientras arañaba los vestigios de lo vivido, preguntándome por la verosimilitud de mis últimas promesas a aquella chica que la renacida realidad sepultaba, cuando recibí su llamada en mi móvil donde reconocí al punto su voz con un deje hortera que yo creí italiano pero era de Palencia. Me dio la dirección, que apunté atrozmente por las punzadas de la resaca, de un hotel en Burgos donde dijo hospedarse y quedamos en vernos al día siguiente tras la parte alta de la catedral.

Dormí y madrugué en un autobús de línea, claro eufemismo que algún día alguien debería explicar, hacia Santander pasando por Burgos donde me apeé bien pasado el mediodía, dejé mi equipaje en el establecimiento pactado, que no era más que un hostal algo ajado, no muy atractivo pero limpio, válgame la metáfora feminista, donde reservé una habitación no sin antes asegurarme de la presencia allí de mi impredecible amiga, sin reparar en el ostentoso desdén conque la encargada se refirió a ella, y me encaminé cruzando el Arlanzón al casco antiguo, mientras las apuntadas torres de la prometida catedral guiaban mi paseo.

Sufría una rara y poco duradera tranquilidad de espíritu, como luego comprobarás, cuando llegué a la concurrida plaza catedralicia animada por las entradas y salidas de los grupos de turistas por la puerta oficial del celebrado monumento gótico. Entonces me abordó una oronda gitana que cogió mi mano para leerme el futuro, que ahora te escribo. De repente horrorizada soltó mi mano a la par que un fuerte grito, sin dejar de mirarme incrédula y horrorizada, y dejó caer su bolsa con ramitas de romero que ofrecía como gratificación alternativa a los viandantes no interesados en conocer el destino que aquella gitana pretendía predecirles, y gimiendo y farfullando unas palabras ininteligibles, huyó despavorida mientras otras colegas visionarias improvisadas floristas acudían en su ayuda, dispersándose entre la gente que me contemplaba con curiosidad. Yo me miré la mano con sorpresa intentando adivinar algún signo de las atrocidades que aquella vieja había pretendido ver, y que no tardarían en llegar, hice un gesto de pasivo desdén, dirigiéndome a mi eventual audiencia, y con la cansina venia de un guardia urbano que por allí pasaba, decidí continuar mi camino doblando la cumbre gótica por el lado de la izquierda encaminándome a los escalones de subida. Andaba yo más pendiente ya de reconstruir la escena del turbio destino de los Amantes de Aranda (la de Duero caé por allí cerca) en tan distinguido escenario y salvando los empinados escalones que dirigen a la parte alta y más antigua de tan ilustre monumento cuando, ganada ya la parte alta y en la calle que transcurre paralela a la parte más oscurecida por el tiempo aunque más sugerente del magno edificio, creí adivinar al fondo un pequeño grupillo de gente arremolinada junto al ceniciento muro. Avancé presuroso hasta vislumbrar la escena: bajo una improvisada sombrilla playera clavada en un resquicio entre los adoquines, N estaba sentada junto a una mesa de campo que difícilmente soportaba un ordenador portátil a su vez enganchado a un ingenio que parecía una batería pero que era el centro de una serie de dispositivos y cables que partían en todas direcciones para adherirse al muro contiguo por una serie de ventosas o dispositivos adheridos a la piedra. El sistema consistía en enviar una serie de señales a modo de ondas a través de los cables a la piedra para medir una serie de factores, la porosidad y resistencia de la misma, y esperar las respuestas en forma de datos y medidas que una base de datos almacenaría para su posterior estudio. Yo, orgulloso de la maña de mi reciente amiga, pensé libidinoso que no me importaría que ella me conectase dichos artefactos para medir mi respuesta o simplemente oírme como ahora hacía pertrechada con sus auriculares especiales que asemejaban una pintoresca a la par que sideral corona para solaz de los cada vez más numerosos guiris y toda suerte de curiosos que allí se congregaban. Ella de vez en cuando largaba unas pertinentes explicaciones, como queriendo recordar su pasado financiador de estudios como lazarillo de ávidos turistas que había ejercido allá en la ciudad eterna como ya dije, lo cual le había dotado de una facilidad políglota digna de admiración, si bien yo me resistía a creer si era su don de gentes o más bien su pseudo-amazónica indumentaria aliñada con gafas de estudiosa que esta morena de Palencia se gastaba, dicho esto sin el menor resquemor, obviamente, hacia las palentinas.

Tras unos minutos contemplando tal cálida escena, me dispuse a presentarme ante N, la cual no mostró en un primer momento una inusitada emoción al verme si bien no tardó en cederme su silla campestre, que estaba algo mojada por el irreprochable sudor de su culo en el pleno verano burgalés, darme una clase acelerada de cómo manejar tal complicado ingenio y abandonarme, una vez más a mi suerte, y no sería la última, para acompañar a un grupo de turistas que muy amablemente le habían preguntado acerca del paradero de una supuesta iglesia cercana y su necesidad biológica de rendir visita a algún bar cercano para cubrir sus necesidades más perentorias. Yo recordé su conocida tendencia al escapismo así que no hice ascos a ocupar el centro de atención de aquella gente solazándome en mi imaginación de las futuras peripecias que la compañía de N me depararía.

Continuará …

lunes, 24 de septiembre de 2007

Salí a la noche, ya noche, antes no, la primera del otoño, es una noche irreal, ni calor ni frío en ella. Mientras agoto los últimos resquicios de un domingo falso, como todos los domingos son. Veo una luna tímida, a medio llenar. Aspiro la tibieza del verano que pasó y aún esconde el frío, o la niebla que vendrá. La primera del otoño.

Bebo el agua del grifo del aseo, que ya sabe fresca, no como hace semanas; no como en Darfur.

martes, 18 de septiembre de 2007

M I R A

M I aprieta su cara contra el cristal frío de la ventana que señala otras ventanas. Y oye una canción. Necesita oír una canción elegida antes de enfrentar el día. El frescor en su cara y la belleza inaprensible de la canción como eco suficiente, para mecerse entre sus ondas, su recuerdo a través de las calles. Ahora silencio; casi todas las ventanas aún cerradas. Descenso a la ciudad.

Se cuenta que R A no podía salir de casa ni ganar un taxi sin un chute. Para soportar la duda. “¿Por donde quiere que vayamos, bajamos Ortega y Gasset a Castellana o por Velázquez?” A veces camina y oye el sordo batir de sus muslos contra el vestido y sortea, oye las miradas a su paso de la gente que emerge de las aceras, que se precipita de los autobuses.




MI y RA han visto el mismo cruce muchas veces, aunque nunca más se MI RA rán como ahora.

jueves, 16 de agosto de 2007

Aquella mañana era muy pronto y decidí ir a buscar una historia, puse mi coche rumbo al Cañón; me rondaban la cabeza mis últimas lecturas de Juan G Atienza y quizás paseando entre aquellas paredes milenarias, sus bosques, encontrara yo la inspiración, perdida, un mágico secreto que siglos atrás había llevado a esos monjes templarios a vivir en aquellas tierras. Elucubrar un best-seller quizás.

Pero no hallé nada.

Y puse camino a la ciudad de mi infancia.
Mientras viajo contemplo un cielo, que sólo a ratos permite algún rayo de sol, que se abate plomizo, nubes grises que presagian lluvia se levantan sobre la carretera y los pueblos al pasar, desiertos en las primeras horas de la tarde. La mano interior escarba en mi y acaricia mi tristeza. Plazas vacías, alguna tienda cerrada, una barra de bar desierta, un parque vacío, sus bancos vacíos; quisiera mondar, taladrar la estructura de las casas que veo al pasar, como levantar una gran piedra y descubrir un hormiguero, para adivinar las vidas secretas de sus habitantes, que allí se esconden, saber de sus alegrías, historias y tristezas para así entender, mitigar mi angustia.

Ya en la ciudad de mi adolescencia me siento en el Bar Machado en compañía del Tío Jack, efímero bálsamo. En ciudades pequeñas como esta, apenas cambiante, la fuerza de la piedra inerte antiquísima me hace sentir el peso del paso fugaz, indiferente de mi vida pues ellas perduran, yo no. Apunto esto en mi libreta negra sentado junto al ventanal del bar; al calor del segundo, discurre la tarde que languidece mientras una muchedumbre de paseantes invade la calle que transcurre al otro lado del cristal. Es curiosa la pervivencia de ese ancestral paseo vespertino donde cada cual pone un punto y seguido a sus vidas y muestran su individualidad a la de sus vecinos.

De repente me quedo petrificado. Una pareja se ha parado a escasos metros de mi atalaya; el hombre empuja un carrito, no sabría decir si es alto o bajo, atractivo o no, saludan a unos conocidos pero ella mira a un lado y a otro de la calle. Su cara es mezcla de expectación y aburrimiento: es Ella. Por un momento su mirada se para en la mía, retrocede pero mira a otra parte, inalterable; siguen su marcha y desaparecen de mi cristal. Luego alguien me toca en el hombro …


Me levanto temprano con esa sensación de que algo ha pasado pero no recuerdo; la niebla, densa, no deja ver más allá de tres metros; contribuye a mantener las débiles señales de un sueño vivido, disipándose. Mientras desayuno y leo el periódico esa niebla se ha despejado y cuando salgo a la calle un día soleado abriga un tímido sentimiento parecido al placer que va aumentando mientras bajo paseando, correteando a ratos, hacia el río.
La mañana apacible invita a contemplar ese otro mundo paralelo que el suave curso del Duero refleja en él: los árboles, la orilla, el viejo puente.
Hacia el mediodía decido hacer una parada en mi rincón favorito, apoyarme en el viejo árbol desde el que se domina el cauce del río transcurrir hacia el viejo puente del tren. Veo una fecha tallada y un nombre; aquí apoyado en el árbol arrobado por el sol aún invernal, fijo mi vista en las aguas que acunadas por la brisa ocasional despiden reflejos. Resplandor. Y descubrí allí tirada junto al árbol una libreta como esos gruesos cuadernillos con anillas de nuestra niñez. Alguien debió dejarla olvidada. Conseguí vencer mi primer impulso de arremeter contra el anonimato de mi descubrimiento, quien sabe lo que una libreta misteriosa puede esconder en tierra de poetas. Miro a mi alrededor y no veo a nadie salvo algún ciclista disperso en la orilla de enfrente. Me levanto inquieto, rodeo mi árbol, celoso porque al parecer es cobijo deseado por más gente. La mañana termina, las parejas se alejan rumbo a la ciudad de mi juventud pero el mágico calor de un sol resplandeciente persistía. Y mi desconcierto también. Y paso muchos minutos pensando qué hacer. La libreta a un lado en el suelo, un pequeño lápiz color morado prendido entre sus anillas, el árbol y yo. Si finalmente no lo adopto y nadie viene, mañana puede pasar cualquiera y tirarlo al río. No recuerdo haber esperado más del mejor libro así que giro con suavidad su tapa color amarillo con los gastados bordes abiertos hacia arriba enseñando las entrañas del cartón y leo una frase en la primera hoja que seguro es un título, escrito en rojo, “Leyenda de Dorotea, la princesa cantante”. Sigo dudando en elevar el cuaderno que dejo apoyado en el césped, cogerlo entre mis manos y empezar a leer. En la segunda página aparece una letra menuda pero clara, muchas veces escrita, borrada y vuelta a escribir, horadada en el papel, difuminada tras el paso de una mano, repasada, incrustaciones casi-pétreas de goma de borrar. Me decido: “Érase una joven cortesana que vivía encerrada en el castillo familiar sin apenas compañía exceptuando la de una anciana sirvienta. Su nombre …”
Absorto en la reciente lectura, apenas reparo en algo que chapotea y cuando levanto la vista del cuaderno para apreciar el destello del agua, música de las letras, veo un rostro mirándome. Miedoso pero firme; preocupada pero alegre, no mayor de dieciséis años. Bajo el negro de sus ojos veo un momento los árboles reflejados, a mí mismo. ¿Supongo que es tuya? Vaqueros desgastados, agachada frente a mi, sus zapatillas verdes confundiéndose en el césped. Gracias. Se la entrego; no, es tuya. Jersey negro de cuello largo. Tengo que marcharme, cara dulce, pelo oscuro, corto, a lo chico. Parece buena. Gracias. Otra vez. No está terminada; alegres pecas en la nariz. Te acompaño si subes al centro; viví aquí, ahora no; soy de fiar, apenas he leído tu historia. Paseamos, subimos lentamente las calles y contemplo lugares escondidos en mi memoria. De vez en cuando miro su figura decidida caminando a mi lado. No sé qué decirle. ¿Porque te fuiste? Decidí continuar en otra parte. Yo también cuando sea escritora me marcharé. Mi casa es esa de la esquina. Frente al Instituto, aquel soportal conocido. Nos dimos la mano. Ella llamó al micrófono de la puerta. Un chasquido, soy Tea, abre por favor. Su nombre, como el de Ella, la princesa. Le deseé suerte y se hundió en el portal. Pero me miró tras el cristal. Le sonreí, se fue, me alejé buscando mi coche de vuelta a mi ciudad actual.


Dedicado a Juan Manuel, que ojalá siga regalándonos grandes historias como El séptimo velo.

domingo, 12 de agosto de 2007

Concurso fotográfico

Finalista I Concurso (no convocado aún) de Fotografía (agro) turística Verano 2007. Tema: Vacas en la playa.
Cadiz, Jimena de La Frontera, agosto de 2007.
Autor:
Kike Palacio

viernes, 23 de marzo de 2007

miércoles, 21 de marzo de 2007

P P (País Porra)

Domingo. Diez de la mañana. En un suburbio de Madrid. Camino de porras y churros. El sol promete un día radiante.

La radio pública dice en su noticiario:

“Ayer Pamplona asistió a una manifestación que congregó a unas 85.000 personas, según la XXXXXX (no recuerdo bien) y de unos ciento y pico mil (idem) según los organizadores”.
“También en Madrid tuvo lugar una manifestación en protesta contra la guerra en Irak, que congregó a varios miles de personas”.

El día transcurre apacible más hojeando el diario El país me topo con el siguiente titular:

“Setenta y cinco mil personas (mi memoria falla cuando esto escribo) en la manifestación de Pamplona organizada por el PP”

martes, 20 de marzo de 2007

Estábamos destinados a algún otro planeta lejano, al otro extremo de la galaxia. Me pregunto cómo se las arreglarán aquellos que estaban destinados a vivir aquí, como les estará yendo en ese otro planeta. ¿Viene nuestro terror de este pequeño equívoco de gran importancia? “Puede que seamos un accidente biológico, el virus más exitoso y potente que se haya creado” dice John Banville, que piensa que los seres humanos hemos tenido que aceptar forzosamente que lo que somos es lo autentico. Es más, hemos inventado la palabra normal. Y hasta nos atrevemos a llamar raros a algunos de nuestros semejantes. Sin ir más lejos, a mí a veces me han llamado raro los normales.

Me quedo ahora pensando en ese pobre marciano que un día se quedará atrancado aquí, es decir, aterrado. Tendrá resuelto todo acerca de la humanidad y, en un primer momento, pensará que el mundo pertenece a los automóviles, pero pronto no tardará en ver que los parásitos a bordo de los coches son los que en realidad llevan las riendas. Creerá que ha resuelto el problema cuando de pronto descubrirá que estornudamos, bostezamos, lanzamos aullidos silenciosos en mitad de la noche. ¿Acaso eso es normal? El marciano conocerá el terror en el que vivimos cuando observe que la mitad de la población mundial se raspa cada mañana el rostro con una navaja y la otra mitad no lo hace.

Ya desde el primer momento de nacer, conocemos el miedo y preferimos, dadas las circunstancias, servir que ejercer ese Poder que, como demuestra la famosa Historia, nunca es de nadie. Entrar en la vida normal es entrar en la sospecha de que quienes realmente estaban destinados a vivir aquí se han extinguido hace años, pues no es posible imaginar que hayan podido sobrevivir en un planeta hecho para contenernos. No somos de aquí. Y sólo la literatura parece ocuparse con seriedad de nuestro espanto. Cuando Poe escribió aquel cuento de un hombre al que enterraban vivo, contó nuestra verdadera historia. De ahí el terror que aun perdura en quienes leyeron ese cuento que decía la verdad, un miedo que se convierte en un terror doble si llegamos a Kafka, el muerto en vida. Los hombres normales han mirado a Kafka siempre con extrañeza, en realidad con la misma extrañeza con la que él les miraba a ellos, consciente de que no tenía un lugar en este mundo: “dos tareas del inicio de la vida: reducir cada vez más tu ámbito y comprobar una y otra vez que no te encuentres escondido en algún lugar fuera de él” escribió Kafka en un texto de juventud, un Kafka que siempre quiso transmitirnos que aquello que se nos antoja una alucinación inimaginable es precisamente la realidad de cada cual. Si lo pensamos bien –nos dice Philip Roth-, veremos que en todas sus novelas Kafka traza la siguiente crónica: alguien es educado para aceptar que todo aquello que le parece absolutamente injusto y fuera de lugar (además de ridículo y muy por debajo de su dignidad) es de hecho lo que realmente le está sucediendo. Dicho de otro modo, esto que está tan por debajo de nuestra dignidad resulta ser nuestro destino.

Extracto de Doctor Pasavento, Enrique Vila-Matas, Ed. Anagrama, septiembre de 2005.

miércoles, 28 de febrero de 2007

Bye


Corro y oigo el mismo ruido al golpear contra el bordillo el bajo del coche al entrar en el parking. Afortunadamente hoy no he pinchado.

En el tren, antes de sentarme, veo un individuo leyendo en el asiento contiguo al mío al otro lado del pasillo y me parece vislumbrar la misma bufanda de rayas grises y negras que hoy llevo y lee un libro de tapas crema como el que yo me dispongo a abrir, mi Doctor Pasavento. Pero él pronto se baja en MA cuando yo apenas comienzo mi lectura.

En la taquilla del metro la vendedora me parece igual a la que un rato antes he saludado en la taquilla de la estación.

En el andén del metro, mientras me precipito por la puerta del vagón a la salida, distingo un rostro maquillado entre la gente que me parece igual al que una parada antes salía del vagón cuando yo entraba.

Ayer, en la piscina, en el borde, alguien pretende cogerme del brazo pero sólo me roza; yo puedo continuar pero en un aciago gesto de urbanidad (acuática) detengo mi carrera y el muy capullo me dice “oye, te importa que nademos en paralelo”. Al principio no le contesto, luego balbuceo algo pues el agua se precipita en mi cara. Su anormalidad aumentó mi fatiga. Luego lamenté no haberme arrojado sobre él y engullirle cual escualo spilberiano.

De noche, antes del sueño, escribo, respondo a alguien en Finlandia. Sobre unos polvos.





Y estoy en un tren desierto. Y una figura evanescente pasa andando por el pasillo. Y me recordaba a alguien que vi caminando por la estación una tarde en que no había anochecido. Y vestía una falda blanca larga, transparente, y veía sus piernas y sus nalgas. Y la seguí. Y esta que vi pasar no se reflejaba en los cristales del vagón solitario que no dejaban ver la noche de fuera sino el reflejo del interior de aquel tren vacío y a mi. Y finalmente abrió una puerta escondida al final del pasillo, pues aquel tren se asemejaba a un palacio móvil con recónditas estancias. Y ella me esperaba sujetando la puerta. Y es curioso lo que esas puertas esconden en trenes de cercanías con supuestos WC cerrados pero que parecen recónditos palacios móviles de noche. Y crucé la puerta junto a quien veía sin conocer. Y me senté junto a ella en el suelo destartalado y una tímida luz en el techo alumbraba una pared donde a veces se reflejaban las farolas de la vía y un ajado poster de Julia Roberts me sonreía cual “Campanilla” spilberiana. Y mi acompañante me hablaba cálidamente en una lengua que yo no entendía, que apenas oía por el amplificado traqueteo del WC cancelado de un cercanías palacio de noche. Y continuó hablándome, sólo un susurro, aunque no me miró mientras introdujo aquella aguja en su brazo y casi imaginé el recién llegado placer que sentía acompañado del traqueteo que cortaba la noche. Y que ya no recordaba.


Hasta que hace un rato mientras espero el tren de vuelta a casa, entre la noche y mi creciente miopía, me ha parecido ver una cara oculta mirándome desde la ventana de un tren parado al otro lado en vía muerta.

viernes, 2 de febrero de 2007

De jeques, jaques y otras consideraciones acerca del cambio climático

Andaba yo discurriendo acerca del atinado texto del colega Atanes (http://carlosatanes.blogspot.com/2007/01/no-corre-el-aire.html) y su onda expansiva de comentarios no menos sagaces, atisbando las causas, el porqué de tal postura imperante, sobre la oportunidad de la invitación al apagón mundial de ayer tarde -alquien dijo luego en la radio: he esperado a las 8 menos cinco y entonces he puesto la lavadora y el aspirador a la vez- y demás sandeces, cuando, hojeando el diario Metro Directo, me topo con el recorte adjunto:


Salvando la anecdota, lo risible de los avatares que el artículo relataba sobre este sujeto a quien yo creía en fuera de juego casi resignado a acompañar a sus colegas Augusto y Sadam, porque bien sabemos por estos lares de la resistencia de estos tipos y su tendencia a perpetuarse, me pregunto como este personaje que tiene sobre su conciencia a centenares de personas encerradas en la carcel y al resto sumidas en la pobreza y la precariedad, un régimen que subyuga las libertades básicas, un país aislado pero vendido a los intereses turísticos, puede siquiera mentar el dichoso "cambio". Contestando a preguntas como esta quizás resolvamos los enigmas que esconden la auténtica relevancia de los supuestos acontecimientos que la mass media denuncia. Posiblemente el auténtico cambio "climatico" se logre cuando desaparezcan personajes como estos.

jueves, 1 de febrero de 2007

El Club de los Buscadores de Canciones tiene una selecta jukebox conque solazar tus implorantes oidos. Así que si pegar tu cara tumefacta contra el frío cristal más cercano no te basta, encontrarás remedio arriba +/- en la columna de la derecha.


Isa, dancing in the dark

¿+ mentiras?


miércoles, 31 de enero de 2007

Donde se narra lo que verá el que leyere, y el que no, no

Por supuesto que el título no es mío sino de Benito P. , que iniciaba así el capítulo definitivo de un cuento suyo.

Ayer he dejado no uno sino dos trabajos. Se supone que debería estar contento -"por las grandes posibilidades de tu carrera profesional en una compañía como la nuestra ..."- pero no siento eso, sino todo lo contrario. En una especie de síndrome de Estocolmo laboral, el trabajador que conoce bien las "particularidades" y miserias de lo que ha estado perpetrando, sabe de las dificultades que su labor entraña y las tribulaciones, fuegos sin apagar, que aguardan a su sucesor. Tras de mi, el diluvio. Y piensas que aun debes entregar algo más que las horas, los días que has dado, a cambio de un salario. Y la certeza de que nunca volverás a charlar con Carlos o Luis de la conveniencia de cambiar tu café soluble habitual por el de esa otra tienda que te recomiendan. Magia intrascendente. O esas tardes cuando cruzaba la azotea en busca de la charla inocua de Inés y Alicia con que socavar mis momentos de indolencia. Calor amigable al abrigo de la vida laboral diaria. Extraño lugar en vías de extinción. Tantas cosas. El jodido equilibrio malabar de los últimos dos años. Y ahora, imaginar qué deparará lo siguiente. Quizás otro capítulo de esa partitura, discurso del engaño, de la esperanza desdibujada que es la existencia. Como aquel nuevo colegio, la basta facultad, o en ese otro anecdótico y anacrónico periplo en la milicia, donde lo que más me jodía es que alguien mandaba correr, de hecho, todo el mundo lo hacía, pero no sabías ni hacia donde ni por cuanto tiempo, y esa inconsistencia de mi voluntad, esa duda cruel, era lo que más me aterraba. Después todo resultó predecible. Pero todo aquello en distinto punto de la cuenta atrás, porque ya sé contar.


Adicionalmente, este fin de semana visitaba a un familiar en una residencia de la tercera edad, siendo yo de la segunda y acompañado de otros de la primera e, incluso, de alguien de la de 2,5. Aquí, el eufemismo como “manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o …” viene al pelo. Lugar donde la carrera de obstáculos que es la puñetera existencia se manifiesta con toda su crudeza. La final, pero no hay premios. Unos, arrastran lentamente sus zapatillas de felpa por los pasillos de un pulido gres que parece sacado de un casposo anuncio de los que precedían a las películas en los cines de provincias. Otros, son ayudados por enfermeras que parecen salidas de la próxima gran guerra euroasiática. Obligan a las ancianas a subir a sus habitaciones mientras la televisión borbotea la banal programación que antecede el telediario dominical. En un momento de descuido, un finado me espeta algo así como “disfruta joven de lo que tienes pues cuando llegues a mi edad, en el supuesto de que llegues, mira lo que serás”, suerte de mitin existencial. Asiento contemporizando; mientras, fuera, miro un patio soleado deshabitado, y, dentro, una extraña cola de sillas de ruedas de pacientes individuos que se ha formado delante de una puerta cerrada. Evito pensar en lo que puede haber al otro lado, mientras vislumbro la poca importancia que su espera, el tiempo, tiene ya para ellos.

Aquella noche en mi repaso voraz de la filmografía del año recién terminado, el protagonista de “El taxista ful” añora: “quiero vivir hasta que me muera”.

sábado, 13 de enero de 2007

"El enamorado de la Osa Mayor" de Sergiusz Piasecki

El mamut bebía, asintiendo con la cabeza. Tenía la cara como esculpida en piedra y sólo los ojos, unos ojos buenos, de niño, nos sonreían mientras reflejaban una avalancha de emociones y pensamientos que aquel hombre nunca sería capaz de expresar con palabras. Cuando nos disponíamos a marchar, el Rata llamó a la mujer del Mamut y le dijo:
- Ahora su marido no le sirve de gran cosa, ¿verdad?...
- ¡Qué le vamos a hacer! No me quejo...
- ¿Le apetecería poner una tienda o montar cualquier otro negocio?
Los ojos de la mujer brillaron de alegría.
- Pero. ¿con qué dinero?
- Yo pongo mil rublos -dijo el Rata.
- Yo también -seguí su ejemplo.
- Y aquí van otros mil -añadió el Sepulturero.
- ¿Y como los devolveré? -preguntó la mujer.
- ¡No es necesario! Lo hacemos por él -El Rata señaló al Mamut con el dedo-. Basta con que usted cuide de este... mamut, porque incluso un crío podría hacerle daño. En los tiempos que corren, se destroza a dentelladas a cualquiera que sea frágil y bueno.
Le dimos tres mil rublos a la mujer del Mamut y abandonamos su casa. Al día siguiente el Rata me trajo un paquete que alguien había mandado a su dirección, pero que estaba destinado a mi. El paquete procedía de Vilnius, de Pietrek. Dentro, había una carta y una cajita. En ella encontré una brújula de Bézard de excelente calidad en un estuche de piel. Nunca se me había ocurrido comprarme una brújula, aunque me hubiese resultado muy útil. A partir de ahora, incluso en la noche más oscura podría encontrar el rumbo en un terreno desconocido sin miedo a equivocarme. Aquella tarde, contemplé un largo rato la aguja fosforescente de mi brújula y, enternecido, pensaba en Pietrek: "¿Como se le ha ocurrido? A pesar de todo, ha pensado en mi... ¡La ha comprado para mi!"

Extracto de "El enamorado de la Osa Mayor" de Sergiusz Piasecki, noviembre de 1935.