miércoles, 28 de febrero de 2007

Bye


Corro y oigo el mismo ruido al golpear contra el bordillo el bajo del coche al entrar en el parking. Afortunadamente hoy no he pinchado.

En el tren, antes de sentarme, veo un individuo leyendo en el asiento contiguo al mío al otro lado del pasillo y me parece vislumbrar la misma bufanda de rayas grises y negras que hoy llevo y lee un libro de tapas crema como el que yo me dispongo a abrir, mi Doctor Pasavento. Pero él pronto se baja en MA cuando yo apenas comienzo mi lectura.

En la taquilla del metro la vendedora me parece igual a la que un rato antes he saludado en la taquilla de la estación.

En el andén del metro, mientras me precipito por la puerta del vagón a la salida, distingo un rostro maquillado entre la gente que me parece igual al que una parada antes salía del vagón cuando yo entraba.

Ayer, en la piscina, en el borde, alguien pretende cogerme del brazo pero sólo me roza; yo puedo continuar pero en un aciago gesto de urbanidad (acuática) detengo mi carrera y el muy capullo me dice “oye, te importa que nademos en paralelo”. Al principio no le contesto, luego balbuceo algo pues el agua se precipita en mi cara. Su anormalidad aumentó mi fatiga. Luego lamenté no haberme arrojado sobre él y engullirle cual escualo spilberiano.

De noche, antes del sueño, escribo, respondo a alguien en Finlandia. Sobre unos polvos.





Y estoy en un tren desierto. Y una figura evanescente pasa andando por el pasillo. Y me recordaba a alguien que vi caminando por la estación una tarde en que no había anochecido. Y vestía una falda blanca larga, transparente, y veía sus piernas y sus nalgas. Y la seguí. Y esta que vi pasar no se reflejaba en los cristales del vagón solitario que no dejaban ver la noche de fuera sino el reflejo del interior de aquel tren vacío y a mi. Y finalmente abrió una puerta escondida al final del pasillo, pues aquel tren se asemejaba a un palacio móvil con recónditas estancias. Y ella me esperaba sujetando la puerta. Y es curioso lo que esas puertas esconden en trenes de cercanías con supuestos WC cerrados pero que parecen recónditos palacios móviles de noche. Y crucé la puerta junto a quien veía sin conocer. Y me senté junto a ella en el suelo destartalado y una tímida luz en el techo alumbraba una pared donde a veces se reflejaban las farolas de la vía y un ajado poster de Julia Roberts me sonreía cual “Campanilla” spilberiana. Y mi acompañante me hablaba cálidamente en una lengua que yo no entendía, que apenas oía por el amplificado traqueteo del WC cancelado de un cercanías palacio de noche. Y continuó hablándome, sólo un susurro, aunque no me miró mientras introdujo aquella aguja en su brazo y casi imaginé el recién llegado placer que sentía acompañado del traqueteo que cortaba la noche. Y que ya no recordaba.


Hasta que hace un rato mientras espero el tren de vuelta a casa, entre la noche y mi creciente miopía, me ha parecido ver una cara oculta mirándome desde la ventana de un tren parado al otro lado en vía muerta.

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