Ayer he dejado no uno sino dos trabajos. Se supone que debería estar contento -"por las grandes posibilidades de tu carrera profesional en una compañía como la nuestra ..."- pero no siento eso, sino todo lo contrario. En una especie de síndrome de Estocolmo laboral, el trabajador que conoce bien las "particularidades" y miserias de lo que ha estado perpetrando, sabe de las dificultades que su labor entraña y las tribulaciones, fuegos sin apagar, que aguardan a su sucesor. Tras de mi, el diluvio. Y piensas que aun debes entregar algo más que las horas, los días que has dado, a cambio de un salario. Y la certeza de que nunca volverás a charlar con Carlos o Luis de la conveniencia de cambiar tu café soluble habitual por el de esa otra tienda que te recomiendan. Magia intrascendente. O esas tardes cuando cruzaba la azotea en busca de la charla inocua de Inés y Alicia con que socavar mis momentos de indolencia. Calor amigable al abrigo de la vida laboral diaria. Extraño lugar en vías de extinción. Tantas cosas. El jodido equilibrio malabar de los últimos dos años. Y ahora, imaginar qué deparará lo siguiente. Quizás otro capítulo de esa partitura, discurso del engaño, de la esperanza desdibujada que es la existencia. Como aquel nuevo colegio, la basta facultad, o en ese otro anecdótico y anacrónico periplo en la milicia, donde lo que más me jodía es que alguien mandaba correr, de hecho, todo el mundo lo hacía, pero no sabías ni hacia donde ni por cuanto tiempo, y esa inconsistencia de mi voluntad, esa duda cruel, era lo que más me aterraba. Después todo resultó predecible. Pero todo aquello en distinto punto de la cuenta atrás, porque ya sé contar.

Adicionalmente, este fin de semana visitaba a un familiar en una residencia de la tercera edad, siendo yo de la segunda y acompañado de otros de la primera e, incluso, de alguien de la de 2,5. Aquí, el eufemismo como “manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o …” viene al pelo. Lugar donde la carrera de obstáculos que es la puñetera existencia se manifiesta con toda su crudeza. La final, pero no hay premios. Unos, arrastran lentamente sus zapatillas de felpa por los pasillos de un pulido gres que parece sacado de un casposo anuncio de los que precedían a las películas en los cines de provincias. Otros, son ayudados por enfermeras que parecen salidas de la próxima gran guerra euroasiática. Obligan a las ancianas a subir a sus habitaciones mientras la televisión borbotea la banal programación que antecede el telediario dominical. En un momento de descuido, un finado me espeta algo así como “disfruta joven de lo que tienes pues cuando llegues a mi edad, en el supuesto de que llegues, mira lo que serás”, suerte de mitin existencial. Asiento contemporizando; mientras, fuera, miro un patio soleado deshabitado, y, dentro, una extraña cola de sillas de ruedas de pacientes individuos que se ha formado delante de una puerta cerrada. Evito pensar en lo que puede haber al otro lado, mientras vislumbro la poca importancia que su espera, el tiempo, tiene ya para ellos.
Aquella noche en mi repaso voraz de la filmografía del año recién terminado, el protagonista de “El taxista ful” añora: “quiero vivir hasta que me muera”.

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