viernes, 28 de septiembre de 2007

El verano que viví peligrosamente (1)

(Mail de Fox Rodríguez desde el hospital)

Amigo mío, he de contarte mis avatares de las últimas semanas dado que pasarán todavía algunas más hasta que pueda pasarme por tu piso a relatarte oralmente y con toda suerte de detalles lo que aquí trataré de resumirte, las múltiples circunstancias que me han llevado este verano a convertirme en una persona famosa requerida por la ciencia.

Sucedió que decidí, en cambio, consagrar mis vacaciones a esa otra rama del saber que es el Arte. Ya te comenté precipitadamente antes de mi partida que acepté la invitación de esa chica que conocí aquella última noche en que tu no compareciste, aquejado de ese mal tan usual en ti de no salir por no tener un duro, y que, pese a mi insistencia en sufragar yo mismo todos los gastos de aquella velada, tu insististe en no venir. Así, mientras apuraba mi segunda rubia, harto ya de pedirte que bajaras, me encontré a nuestro buen Mario, como siempre bien surtido de proposiciones nocturnas, siempre con el denominador común de cenar. Yo, que últimamente estoy cansado de saltarme esa sana costumbre y pasar directamente a las copas (y terminar la noche con ellas), decidí hacer una excepción, aderezada por su promesa de tratar de reinsertarme en los cauces de la grata vida social, presentándome a un grupo de conocidos suyos, a quienes tenía la más alta estima. Y trabé fácilmente conversación con esa chica, Najwa, licenciada en Historia del Arte y en vías de obtener su doctorado, que, se me antojó un cruce entre mi musa intelectual Belén Gopegui y mi otra guía, si se me permite tal símil, de la feminidad, Julia Roberts –sí de nuevo hago alusión a mi icono sexual-, aunque últimamente mi interés se ha trasladado y se divide entre la compañera del telediario nocturno de Sánchez Dragó o la seductora actriz de una infumable telenovela mejicana soft-core para noctámbulos que emiten en no se qué canal digital. Yo, que debería haber desconfiado de ella sólo por su nombre, al principio pensé que quizás era italiana, por un deje hortera que distinguí en su voz, un rastro de sus estudios en Roma, no precisamente a ese otro lado del Tíber donde yace ese insigne aunque pequeño Estado, para más tarde, concluida la cena, en plena efusión etílica, ya sabes, como solemos gastar nosotros estas veladas como pago del desánimo en que nos debatimos, me confesaría ser de Palencia. La ínclita me contó se desplazaría sin dilación en la jornada siguiente a tierras castellanas para culminar su tesis doctoral acerca de “La utilidad del carbono 14 para medir el progresivo deterioro de la piedra de la zona trasera del ábside de la catedral de Burgos”. Yo, que debería haber desconfiado de ella por sus repetidos viajes a la parte de atrás del bar, y por sus incesantes saludos al personal que por allí pululaba, tendría que haber considerado esto como un innegable signo sospechoso en una chica presumiblemente tan leída y vinculada a mayores empresas, y, tras reiterarla mi interés y disposición a que me siguiera contando sus hazañas académicas al abrigo de mi apartamento, no conseguí, en cambio, vencer su fuerte determinación de retirada para encaminarse al día siguiente a la mencionada capital morcillera. Pensé que quizás habría llegado mi hora de sentar la cabeza, de dar la espalda a otro verano de disipación litoral pasada por aftersun y que quizás la llamada del Arte que había recibido esa noche fuera un signo inequívoco de la necesaria inflexión de mi confusa vida. Así que dejé escapar, como es costumbre e inoportuno en mí, antes de lo debido, mi propuesta de acompañarla, víctima en la red, como luego sabría, de sus aventuras, en aquel garito ya inhóspito del profundo Lavapies, de igual modo que un rato después vertí mis últimos reductos gástricos en lo profundo de mi váter. Tras ello caí en un profundo aunque poco reparador sueño y al día siguiente rondando ya las cuatro de la tarde vagaba por mi cocina en busca de algo de café mientras arañaba los vestigios de lo vivido, preguntándome por la verosimilitud de mis últimas promesas a aquella chica que la renacida realidad sepultaba, cuando recibí su llamada en mi móvil donde reconocí al punto su voz con un deje hortera que yo creí italiano pero era de Palencia. Me dio la dirección, que apunté atrozmente por las punzadas de la resaca, de un hotel en Burgos donde dijo hospedarse y quedamos en vernos al día siguiente tras la parte alta de la catedral.

Dormí y madrugué en un autobús de línea, claro eufemismo que algún día alguien debería explicar, hacia Santander pasando por Burgos donde me apeé bien pasado el mediodía, dejé mi equipaje en el establecimiento pactado, que no era más que un hostal algo ajado, no muy atractivo pero limpio, válgame la metáfora feminista, donde reservé una habitación no sin antes asegurarme de la presencia allí de mi impredecible amiga, sin reparar en el ostentoso desdén conque la encargada se refirió a ella, y me encaminé cruzando el Arlanzón al casco antiguo, mientras las apuntadas torres de la prometida catedral guiaban mi paseo.

Sufría una rara y poco duradera tranquilidad de espíritu, como luego comprobarás, cuando llegué a la concurrida plaza catedralicia animada por las entradas y salidas de los grupos de turistas por la puerta oficial del celebrado monumento gótico. Entonces me abordó una oronda gitana que cogió mi mano para leerme el futuro, que ahora te escribo. De repente horrorizada soltó mi mano a la par que un fuerte grito, sin dejar de mirarme incrédula y horrorizada, y dejó caer su bolsa con ramitas de romero que ofrecía como gratificación alternativa a los viandantes no interesados en conocer el destino que aquella gitana pretendía predecirles, y gimiendo y farfullando unas palabras ininteligibles, huyó despavorida mientras otras colegas visionarias improvisadas floristas acudían en su ayuda, dispersándose entre la gente que me contemplaba con curiosidad. Yo me miré la mano con sorpresa intentando adivinar algún signo de las atrocidades que aquella vieja había pretendido ver, y que no tardarían en llegar, hice un gesto de pasivo desdén, dirigiéndome a mi eventual audiencia, y con la cansina venia de un guardia urbano que por allí pasaba, decidí continuar mi camino doblando la cumbre gótica por el lado de la izquierda encaminándome a los escalones de subida. Andaba yo más pendiente ya de reconstruir la escena del turbio destino de los Amantes de Aranda (la de Duero caé por allí cerca) en tan distinguido escenario y salvando los empinados escalones que dirigen a la parte alta y más antigua de tan ilustre monumento cuando, ganada ya la parte alta y en la calle que transcurre paralela a la parte más oscurecida por el tiempo aunque más sugerente del magno edificio, creí adivinar al fondo un pequeño grupillo de gente arremolinada junto al ceniciento muro. Avancé presuroso hasta vislumbrar la escena: bajo una improvisada sombrilla playera clavada en un resquicio entre los adoquines, N estaba sentada junto a una mesa de campo que difícilmente soportaba un ordenador portátil a su vez enganchado a un ingenio que parecía una batería pero que era el centro de una serie de dispositivos y cables que partían en todas direcciones para adherirse al muro contiguo por una serie de ventosas o dispositivos adheridos a la piedra. El sistema consistía en enviar una serie de señales a modo de ondas a través de los cables a la piedra para medir una serie de factores, la porosidad y resistencia de la misma, y esperar las respuestas en forma de datos y medidas que una base de datos almacenaría para su posterior estudio. Yo, orgulloso de la maña de mi reciente amiga, pensé libidinoso que no me importaría que ella me conectase dichos artefactos para medir mi respuesta o simplemente oírme como ahora hacía pertrechada con sus auriculares especiales que asemejaban una pintoresca a la par que sideral corona para solaz de los cada vez más numerosos guiris y toda suerte de curiosos que allí se congregaban. Ella de vez en cuando largaba unas pertinentes explicaciones, como queriendo recordar su pasado financiador de estudios como lazarillo de ávidos turistas que había ejercido allá en la ciudad eterna como ya dije, lo cual le había dotado de una facilidad políglota digna de admiración, si bien yo me resistía a creer si era su don de gentes o más bien su pseudo-amazónica indumentaria aliñada con gafas de estudiosa que esta morena de Palencia se gastaba, dicho esto sin el menor resquemor, obviamente, hacia las palentinas.

Tras unos minutos contemplando tal cálida escena, me dispuse a presentarme ante N, la cual no mostró en un primer momento una inusitada emoción al verme si bien no tardó en cederme su silla campestre, que estaba algo mojada por el irreprochable sudor de su culo en el pleno verano burgalés, darme una clase acelerada de cómo manejar tal complicado ingenio y abandonarme, una vez más a mi suerte, y no sería la última, para acompañar a un grupo de turistas que muy amablemente le habían preguntado acerca del paradero de una supuesta iglesia cercana y su necesidad biológica de rendir visita a algún bar cercano para cubrir sus necesidades más perentorias. Yo recordé su conocida tendencia al escapismo así que no hice ascos a ocupar el centro de atención de aquella gente solazándome en mi imaginación de las futuras peripecias que la compañía de N me depararía.

Continuará …

No hay comentarios: