jueves, 11 de diciembre de 2008

domingo, 30 de noviembre de 2008

No hay verdadera mirada si no hay intercambio de miradas; la mirada debe convertirse en lenguaje, si no, no es nada.

de una nota a pie de página de "Rojo y negro" de Stendhal.


No hay necesidad de palabras, repuso Katya. Cuando sabes lo que te traes entre manos, no hacen falta.

de "Un hombre en la oscuridad" de Paul Auster.

sábado, 11 de octubre de 2008

Eminentes trozos (2)

A veces te quedas con un trozo de una canción como recuerdas la magia de un capítulo de un libro o de tu vida frente al resto. Iniciamos aqui una serie de eminentes extractos de canciones con el último número del último trabajo (April) de Sun Kil Moon: Blue orchids.



miércoles, 8 de octubre de 2008

viernes, 26 de septiembre de 2008

jueves, 18 de septiembre de 2008

martes, 15 de julio de 2008

El router del placer

Lúcida mañana me sorprende en un cuarto desconocido mientras rememoro me desperezo, exploro pasillos, descubro una mesa donde antes sólo había oscuridad y una nota "he ido a comprar el ________", cielo, pienso, y vuelvo a esas sábanas como dunas y sol, paredes, adivino un cable saliendo de un cajón, escapa un tililante resplandor, lo abro: ¿un móvil?. Descubro un datáfono.

Ex-p o

Recordaba los lugares, las épocas, los momentos por la temperatura del agua del grifo al abrirlo. En aquella casa el agua siempre sabía fresca, sin igual en verano. En esa otra, no siempre, soportable en invierno pero no en verano, mi sed. Pero eso ya pasó, apenas recuerdo, sólo busco líquidos que quemen mi maltrecha garganta, ni me valgo y no abro grifos sino que la jarra descansa a mi lado sin fuerza en este cuarto de la espera-anza. El agua que recorrió lejanos y oscuros conductos hasta llegar a mi.

martes, 15 de abril de 2008

A-Mor industrial

Tengo un buen amigo que me cuenta pasa sus noches y fines de semana con su “cámara de red” para ver y estar con su amada que para muy lejos, a pesar de que él vive cinco horas por delante. Esta mañana me contaba que el domingo estuvo más de siete horas con ella.

“Y entonces tu imagen
toma mi pantalla
y te apoderas de mi
a través del monitor”

Yo al principio me mofaba de él. Qué cabrón como en El expreso de medianoche, le digo. Él mientras tanto trasteaba por la oficina buscando un portátil con “cámara para red” que llevarse para el fin de semana. Así al menos me puedo tumbar en la cama mientras escribo, comenta. Es que si no macho no veas que dolor de espalda toda la noche erguido frente a la pantalla de mi equipo. Hablan. De vez en cuando alguien sale de la pantalla. Claro, ella, me cuenta vienen su padres y oigo a su madre chillando de fondo porque habla muy alto. Oigo todo a su alrededor. Luego ella se echa la siesta un rato y yo la veo dormida allí en su cuarto. Yo supongo se ausentarán: disculpa, he de ir al baño. Me tengo que lavar el pelo, ahora vengo. Él ve el cambio. Todo ello, supongo, pasado por ese ocre propio y algo oscuro como se ven este tipo de cosas. Mira que vestido me he comprado ¿te gusta? Pienso que por la noche cuando el cuarto de mi amigo refleje apenas la luz incierta de una lámpara, su novia moverá su “cámara para la red” hacia una pared iluminada por la claridad de un día en otra estación y quizás una ventana refleje los colores de un día desconocido.

Mientras esto ocurría las horas de mi tarde discurrían entre el comienzo y el final de un libro; a ratos miro el cielo y las nubes y los árboles, un abeto, un ciprés, un sauce a lo lejos, moviéndose por el viento, las ramas inquietas, parecen hablar unos con otros en animada tertulia, hablando de mi allá abajo. El cielo azul al comienzo de la tarde, luego apenas azul oscuro entre los árboles ya sombras.

martes, 1 de abril de 2008

Una chica acuclillada junto a la barandilla de un puente metálico sobre la N-1, la única forma de cruzar al otro lado. Oteando un horizonte de vehículos circulando por todas partes, edificios donde antes no había, hoteles, el cielo ambarino donde la luz pugna por atravesar las nubes grises y rojizas. Madr… eh! Gira su cabeza y parece mirarme sorprendida cuando el autobús en el que viajo pasa a la altura del puente. Allí sola en medio de la pasarela movediza. El líquido reciente se desparrama por la fría plataforma metálica de mañana y se precipita al vació como una llovizna sobre los coches veloces.

jueves, 21 de febrero de 2008

Mario piensa, más callado que de costumbre. Bar vacío; el ocioso dependiente trastea con sus CD obsequiándonos con su música más personal. Suena “renaces tangible” de Orgullo de España. Apuramos las cervezas. Tristeza que ni el vivificante aire de la ciudad limpia tras la lluvia logra aplacar.
Me pide, ruega, acompañarme a la boca del metro cuando pasamos frente al portal de su piso. Le miro de hito en hito, anticipando la tragedia. No le pregunto.
Sabes tío, no la veo desde hace cuatro, cinco años, no lo sé. A veces algo me dice que está ahí. Que conserva aquel viejo número de teléfono. Pero otras me digo que puede no estar, que podía haber muerto. Su alocada forma de conducir; te mira mientras conduce. Y esto puede haber sucedido hace mucho tiempo. Y tu pensando que puede estar allí, al otro lado; puedes imaginar su forma de hablar o de reír. Pero sólo tu no sabes que ya no está.
Cuando salgo del metro, las gotas golpean mi cara. Los ojos enrojecidos de Mario venciendo el llanto.

jueves, 14 de febrero de 2008

Un murmullo cercano como una voz apenas distinguible del común ruido cotidiano no de voces sino de pasos, motores, semáforos silbadores, gente anodina que acompaña el deambular siempre presuroso intentando atisbar un destino salvable hacia otra mañana habitual. Esa figura que emerge, que conozco me hace darme cuenta de mi sueño andando un sueño despierto, un sueño que no es sueño.
- Joder, que no te enteras.
- Que pasa, buenos días –balbuceo-.
Descubro la ley de la inercia, que todo cuerpo en movimiento (hacia un destino riguroso)…
Aquí tengo dos opciones. O sumergirme en el portal inmediato, camino más directo a mi oficina y luchar por un puesto en la melé de entrada al ascensor, prólogo que me llevará a lo más alto, la oficina, o,
- venga te acompaño por tu lado,
dar un rodeo y aplazar mi destino cierto.
Así que doblamos juntos la esquina del banco; el trajín ya vislumbrable en su interior me hace pensar en los rigores venideros. Apenas me fijo en las personas ante un cajero urbano. Los hechos suceden rápido, como los saltos de mis pasos. Aquellas personas frente al cajero, una señora mayor discute acaloradamente con otras dos: una niña mediana de unos doce años (siempre mido mal las edades, M. le puso quince, dieciséis o más) y un niño pequeño (puede que de la misma edad pero más canijo), que no parecen de aquí. La señora con cara de sorpresa, furia, embutida en su abrigo, agarra a la niña del brazo y la recrimina. Estamos prácticamente a su altura, casi evitamos la escena aunque el resto de peatones se anima e interrumpe su periplo cotidiano. Se adivina el motivo de tal escena, “es que no hay derecho…”, previsibles comentarios ciudadanos. La niña quiere huir, se agacha ante la mujer como inquiriendo perdón; se tumba en el suelo como simulando un daño invisible (¿el miedo?). Lloriquea. Parece una función. El niño (supongo su hermano pequeño) revolotea por la escena, atisba posibilidades de huida o puja para que la vieja suelte a su hermana. El lance es un escenario donde se agolpa la gente, una suerte de circo encerrado entre la esquina, el cajero, el suelo, el quiosco cercano, los cristales del próximo intercambiador con pintadas aun no inaugurado. Varias personas recriminan abiertamente a los niños; se acerca alguien y sujeta al pequeño. Nosotros casi estamos doblando la esquina. Maldigo porqué alargué mi camino, porqué tengo que presenciar esto. Justo cuando dejo la escena miro una última vez en esa dirección. La niña apenas se ha levantado del suelo, sigue llorando, aprecio una especie de espuma blanca cayendo por su barbilla. Mi miopía difumina ya la escena pero acierto a ver como un hombre joven con una cartera tomando impulso se acerca por detrás de la niña y le asesta una patada que arroja de nuevo a la niña al suelo. Me pierdo en la oscuridad del pasaje, donde la gente apura el desayuno tras el cristal del bar de otra esquina. Siento ganas de volver, de arremeter contra aquel tipo. Inercia. Pero subo en el ascensor con ganas de vomitar. Se ha estropeado el día. Siento el miedo de los niños, asco. M. me comenta haber visto en la TV un reportaje (reality lo llaman) sobre bandas de niños que te rodean y “no te dejan ni los calzones”.

domingo, 10 de febrero de 2008

JB



Vicky Cristina Barcelona Ave
Miss madre

“… las recaudaciones de O en el mes de enero más que duplican a las de HC (32 millones de dólares frente a 13,5), lo que ha obligado a esta señora a poner cinco millones de su propia fortuna …”
Kaikus

Mas por aquí los de siempre (y alguno que no conozco) diciéndonos lo que sabemos que piensan: P A Z
Kanon
Amen

Epatantepataky
Al final lo mejor (y recuperar) “La soledad”.

martes, 8 de enero de 2008

En nuestra época no es posible mantenerse alejado de la política. Todos los problemas son problemas políticos, y la política es una masa de mentiras, evasiones, locura, odio y esquizofrenia. (George Orwell, "La política y el idioma inglés")

Tonio L. Alarcón (Revista Dirigido por ..., noviembre 2007)