jueves, 14 de febrero de 2008

Un murmullo cercano como una voz apenas distinguible del común ruido cotidiano no de voces sino de pasos, motores, semáforos silbadores, gente anodina que acompaña el deambular siempre presuroso intentando atisbar un destino salvable hacia otra mañana habitual. Esa figura que emerge, que conozco me hace darme cuenta de mi sueño andando un sueño despierto, un sueño que no es sueño.
- Joder, que no te enteras.
- Que pasa, buenos días –balbuceo-.
Descubro la ley de la inercia, que todo cuerpo en movimiento (hacia un destino riguroso)…
Aquí tengo dos opciones. O sumergirme en el portal inmediato, camino más directo a mi oficina y luchar por un puesto en la melé de entrada al ascensor, prólogo que me llevará a lo más alto, la oficina, o,
- venga te acompaño por tu lado,
dar un rodeo y aplazar mi destino cierto.
Así que doblamos juntos la esquina del banco; el trajín ya vislumbrable en su interior me hace pensar en los rigores venideros. Apenas me fijo en las personas ante un cajero urbano. Los hechos suceden rápido, como los saltos de mis pasos. Aquellas personas frente al cajero, una señora mayor discute acaloradamente con otras dos: una niña mediana de unos doce años (siempre mido mal las edades, M. le puso quince, dieciséis o más) y un niño pequeño (puede que de la misma edad pero más canijo), que no parecen de aquí. La señora con cara de sorpresa, furia, embutida en su abrigo, agarra a la niña del brazo y la recrimina. Estamos prácticamente a su altura, casi evitamos la escena aunque el resto de peatones se anima e interrumpe su periplo cotidiano. Se adivina el motivo de tal escena, “es que no hay derecho…”, previsibles comentarios ciudadanos. La niña quiere huir, se agacha ante la mujer como inquiriendo perdón; se tumba en el suelo como simulando un daño invisible (¿el miedo?). Lloriquea. Parece una función. El niño (supongo su hermano pequeño) revolotea por la escena, atisba posibilidades de huida o puja para que la vieja suelte a su hermana. El lance es un escenario donde se agolpa la gente, una suerte de circo encerrado entre la esquina, el cajero, el suelo, el quiosco cercano, los cristales del próximo intercambiador con pintadas aun no inaugurado. Varias personas recriminan abiertamente a los niños; se acerca alguien y sujeta al pequeño. Nosotros casi estamos doblando la esquina. Maldigo porqué alargué mi camino, porqué tengo que presenciar esto. Justo cuando dejo la escena miro una última vez en esa dirección. La niña apenas se ha levantado del suelo, sigue llorando, aprecio una especie de espuma blanca cayendo por su barbilla. Mi miopía difumina ya la escena pero acierto a ver como un hombre joven con una cartera tomando impulso se acerca por detrás de la niña y le asesta una patada que arroja de nuevo a la niña al suelo. Me pierdo en la oscuridad del pasaje, donde la gente apura el desayuno tras el cristal del bar de otra esquina. Siento ganas de volver, de arremeter contra aquel tipo. Inercia. Pero subo en el ascensor con ganas de vomitar. Se ha estropeado el día. Siento el miedo de los niños, asco. M. me comenta haber visto en la TV un reportaje (reality lo llaman) sobre bandas de niños que te rodean y “no te dejan ni los calzones”.

No hay comentarios: