Mario piensa, más callado que de costumbre. Bar vacío; el ocioso dependiente trastea con sus CD obsequiándonos con su música más personal. Suena “renaces tangible” de Orgullo de España. Apuramos las cervezas. Tristeza que ni el vivificante aire de la ciudad limpia tras la lluvia logra aplacar.
Me pide, ruega, acompañarme a la boca del metro cuando pasamos frente al portal de su piso. Le miro de hito en hito, anticipando la tragedia. No le pregunto.
Sabes tío, no la veo desde hace cuatro, cinco años, no lo sé. A veces algo me dice que está ahí. Que conserva aquel viejo número de teléfono. Pero otras me digo que puede no estar, que podía haber muerto. Su alocada forma de conducir; te mira mientras conduce. Y esto puede haber sucedido hace mucho tiempo. Y tu pensando que puede estar allí, al otro lado; puedes imaginar su forma de hablar o de reír. Pero sólo tu no sabes que ya no está.
Cuando salgo del metro, las gotas golpean mi cara. Los ojos enrojecidos de Mario venciendo el llanto.
jueves, 21 de febrero de 2008
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