Comienza el frío, la repentina oscuridad. Las tardes ya apenas existen porque todo es noche; una luz extraña, apagándose, envuelve el cielo cuando apenas he olvidado la mañana.
Hibernar. Cuando en mi ciudad tardas más del triple de tiempo en recorrer lo que tardarías un sábado por la mañana o de madrugada, es necesario huir. Un lugar apartado. Muchos libros, papeles y leña. Dormir, leer, dormir, leer, escribir. Hasta que pueda salir de nuevo. Hasta la primavera, y, entonces, más sabio. Compartir la sabiduría adquirida. Vivirla.
Un momento. Compruebo el frío porque bajo la ventana para sacar el corazón, el dedo, porque un tarado me saluda con mayor insistencia de la debida detrás con sus luces. Mi bostezo acaba en grito.
Sólo saldré para sentir la quietud de la verdadera noche. Que un bello sonido me invada. Me eleve. O la luz de las sonrisas de los seres queridos. Que a veces contemplo. Pero la oscuridad persiste.
Paso veloz y contemplo apoyada contra la pared de cemento de un conocido prostíbulo de autovía una pareja. El tipo, su espalda contra la pared, apenas intuido, ropa oscura, en sombras, se abraza y cobija su cabeza hundida en el cuello de la chica, de espaldas, ropa clara, mira a un lado, contemplo su rostro de perfil. Parece una princesa mientras mira, ausente, busca en su móvil. Ahora es de día, luz tenue, fría, viajando hacia la noche.
jueves, 30 de noviembre de 2006
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