jueves, 2 de noviembre de 2006

¿Bienvenido Mr. Halloween?

Estupidez global. Una chica me sonríe tras un mostrador lleno de telarañas mientras la puerta automática se abre a mi paso y una docena de plásticos murciélagos, “made in China” por doquier, permanecen adheridos a la misma. ¿Es esto necesario? Tenemos nuestras meigas, nuestra Santa Compaña, leyendas como la del Hombre Lobo de Allariz o las ánimas sorianas que cantara Bécquer, nuestras procesiones, lo poco que nuestra temible Santa Inquisición pasó. (¡!) (Confiando en que la paciente indulgencia del lector disculpe el error histórico así como las imprecisiones en los nombres que citaré) ya en el siglo pasado el franquismo socavó cualquier evasión de índole fantástica a pesar de que algunos pioneros consiguieran durante el aperturismo de finales de los sesenta manufacturar un cierto cine de género patrio, siempre vilipendiado, que luego la Ley Miró en los ochenta, terminó de fumigar. Entretanto, disfrutamos –afortunadamente- de los Leatherface, Fredy Krugger, Jason, Michael Myers, etc. , que nos salieran al paso; estaban bien para amenizar nuestras noches de retiro cinéfilo, pero lo que empezó como detalle freak de un par de bares de copas y algún colegio de expatriados –yo tenía un amigo guiri que de año en año bajaba vestido un poco raro y no veas como nos descojonabamos cuando le veíamos bajar de la ruta escolar-, ya saben, ese cargante rollo occidentaloide de Halloween, que, si me apuran, está bien para el Festival de Cine Fantástico de San Sebastián que justo ahora acontece, se ha convertido en otra excusa para la fiesta inane, tan de nuestro gusto, y la venta de disfraces y demás miscelánea grotesca que amenaza con sumir a nuestra chiquillería en el encefalograma plano sin remisión. Juvenil Jamie Lee corriendo despavorida ya hubo una y es irrepetible así que porqué no lo dejamos estar, que las calabazas vuelvan a su rol de, bien, oportuno relleno en bodegón velazqueño o, si cabe un ejemplo más contemporáneo, ese odiado premio de aquel sinpar concurso televisivo perpetrado por el genial Chicho Ibáñez y dejemos esas excentricidades del folclore yanqui importadas de nuestros lejanos vecinos del Norte para su supuesto disfrute. Si no, yo me quedo con Norman Bates.

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