martes, 7 de septiembre de 2010

He despertado. Primero pienso que es el sordo aviso de la periodicidad que rige mis días. Pero esta vez oigo un ruido, como un roce continuo. ¿El viento? Parecen gemidos. Es como un lenguaje primordial, como unos dedos que se mueven insistentemente por el cristal mojado. Pero el lugar que ahora habito no está gobernado por pasos arriba y abajo o a un lado. Estoy solo y no hay fiestas que yo sepa. Es una invernal noche de Reyes. Así que sigo preguntándome durante un rato por lo que oigo, arrobado en el calor de las sábanas. Persiste. Parece ese lenguaje extraño que tienen las voces de las cintas al rebobinarse. Abro lo ojos; percibo la tímida semiclaridad que se vislumbra por un rincón del tragaluz arriba, desde mi cama. Preveo que es madrugada aún y ahí fuera, a ras del suelo de un recodo del jardín junto a la salida a la calle, no puede haber nadie. ¿Serán enanos llamando a mi ventana? Finalmente me levanto y me acerco al ventanal mientras los sonidos van amplificándose en mi realidad a oscuras. Abro la ventana y mientras el frío golpea la tibieza de mi cara, recién abandonada la calidez del lecho, los sonidos misteriosos se convierten en llanto como por arte de magia. Oigo continuos sollozos y una voz entrecortada. Alguien que llora y habla: Sí, sí, te lo prometo. Llanto. No, no, por favor. Grita. Yo todavía quiero a Igi. Se lamenta. Él me dio sólo un muerde. Gime. Se lo expliqué y lo entendió. Otra vez el llanto y su voz apenas inteligible, dirigida a alguien que no soy yo. Sin respuesta. Y llora nuevamente. Mi nariz húmeda acusa el choque del frío mientras oigo ese monólogo lloroso que proviene de una chica de dieciocho años, veinte quizás. Soy muy malo para la previsión de edades. Tengo que satisfacer mis necesidades más perentorias pienso, esa urgente necesidad cada vez más lacerante que me atosiga últimamente, insistentemente. Acudo pues al baño cercano; apuro mi necesidad. Vuelvo a mi cuarto; miro el reloj. Son ya las siete de la mañana, aún no ha amanecido y sigo escuchando aquella lejana voz y el llanto que invade la habitación a través de la ventana abierta y el frío. Ya no es la noche de Reyes, es el día siguiente. Demasiado tarde o demasiado pronto. Decido cerrar la ventana, volver a la cama, mientras el sonido persiste, identificado el murmullo. Intento volver a dormir y a ratos creo distinguir en mi somnolencia que el diálogo ha terminado. Al fin me duermo y me levanto pronto. Salgo de casa, cierro la puerta, doblo la esquina escaleras abajo y en el suelo helado junto al muro de mi cuarto veo una prenda tirada. Parece una bufanda de lana; no, es una pequeña rebeca gris oscura. La recojo, húmeda, y la deposito en un poyete del muro para que su dueña pueda encontrarla más tarde. Salgo a la calle. Es el día de Reyes.

No hay comentarios: