jueves, 21 de febrero de 2008

Mario piensa, más callado que de costumbre. Bar vacío; el ocioso dependiente trastea con sus CD obsequiándonos con su música más personal. Suena “renaces tangible” de Orgullo de España. Apuramos las cervezas. Tristeza que ni el vivificante aire de la ciudad limpia tras la lluvia logra aplacar.
Me pide, ruega, acompañarme a la boca del metro cuando pasamos frente al portal de su piso. Le miro de hito en hito, anticipando la tragedia. No le pregunto.
Sabes tío, no la veo desde hace cuatro, cinco años, no lo sé. A veces algo me dice que está ahí. Que conserva aquel viejo número de teléfono. Pero otras me digo que puede no estar, que podía haber muerto. Su alocada forma de conducir; te mira mientras conduce. Y esto puede haber sucedido hace mucho tiempo. Y tu pensando que puede estar allí, al otro lado; puedes imaginar su forma de hablar o de reír. Pero sólo tu no sabes que ya no está.
Cuando salgo del metro, las gotas golpean mi cara. Los ojos enrojecidos de Mario venciendo el llanto.

jueves, 14 de febrero de 2008

Un murmullo cercano como una voz apenas distinguible del común ruido cotidiano no de voces sino de pasos, motores, semáforos silbadores, gente anodina que acompaña el deambular siempre presuroso intentando atisbar un destino salvable hacia otra mañana habitual. Esa figura que emerge, que conozco me hace darme cuenta de mi sueño andando un sueño despierto, un sueño que no es sueño.
- Joder, que no te enteras.
- Que pasa, buenos días –balbuceo-.
Descubro la ley de la inercia, que todo cuerpo en movimiento (hacia un destino riguroso)…
Aquí tengo dos opciones. O sumergirme en el portal inmediato, camino más directo a mi oficina y luchar por un puesto en la melé de entrada al ascensor, prólogo que me llevará a lo más alto, la oficina, o,
- venga te acompaño por tu lado,
dar un rodeo y aplazar mi destino cierto.
Así que doblamos juntos la esquina del banco; el trajín ya vislumbrable en su interior me hace pensar en los rigores venideros. Apenas me fijo en las personas ante un cajero urbano. Los hechos suceden rápido, como los saltos de mis pasos. Aquellas personas frente al cajero, una señora mayor discute acaloradamente con otras dos: una niña mediana de unos doce años (siempre mido mal las edades, M. le puso quince, dieciséis o más) y un niño pequeño (puede que de la misma edad pero más canijo), que no parecen de aquí. La señora con cara de sorpresa, furia, embutida en su abrigo, agarra a la niña del brazo y la recrimina. Estamos prácticamente a su altura, casi evitamos la escena aunque el resto de peatones se anima e interrumpe su periplo cotidiano. Se adivina el motivo de tal escena, “es que no hay derecho…”, previsibles comentarios ciudadanos. La niña quiere huir, se agacha ante la mujer como inquiriendo perdón; se tumba en el suelo como simulando un daño invisible (¿el miedo?). Lloriquea. Parece una función. El niño (supongo su hermano pequeño) revolotea por la escena, atisba posibilidades de huida o puja para que la vieja suelte a su hermana. El lance es un escenario donde se agolpa la gente, una suerte de circo encerrado entre la esquina, el cajero, el suelo, el quiosco cercano, los cristales del próximo intercambiador con pintadas aun no inaugurado. Varias personas recriminan abiertamente a los niños; se acerca alguien y sujeta al pequeño. Nosotros casi estamos doblando la esquina. Maldigo porqué alargué mi camino, porqué tengo que presenciar esto. Justo cuando dejo la escena miro una última vez en esa dirección. La niña apenas se ha levantado del suelo, sigue llorando, aprecio una especie de espuma blanca cayendo por su barbilla. Mi miopía difumina ya la escena pero acierto a ver como un hombre joven con una cartera tomando impulso se acerca por detrás de la niña y le asesta una patada que arroja de nuevo a la niña al suelo. Me pierdo en la oscuridad del pasaje, donde la gente apura el desayuno tras el cristal del bar de otra esquina. Siento ganas de volver, de arremeter contra aquel tipo. Inercia. Pero subo en el ascensor con ganas de vomitar. Se ha estropeado el día. Siento el miedo de los niños, asco. M. me comenta haber visto en la TV un reportaje (reality lo llaman) sobre bandas de niños que te rodean y “no te dejan ni los calzones”.

domingo, 10 de febrero de 2008

JB



Vicky Cristina Barcelona Ave
Miss madre

“… las recaudaciones de O en el mes de enero más que duplican a las de HC (32 millones de dólares frente a 13,5), lo que ha obligado a esta señora a poner cinco millones de su propia fortuna …”
Kaikus

Mas por aquí los de siempre (y alguno que no conozco) diciéndonos lo que sabemos que piensan: P A Z
Kanon
Amen

Epatantepataky
Al final lo mejor (y recuperar) “La soledad”.