miércoles, 31 de enero de 2007

Donde se narra lo que verá el que leyere, y el que no, no

Por supuesto que el título no es mío sino de Benito P. , que iniciaba así el capítulo definitivo de un cuento suyo.

Ayer he dejado no uno sino dos trabajos. Se supone que debería estar contento -"por las grandes posibilidades de tu carrera profesional en una compañía como la nuestra ..."- pero no siento eso, sino todo lo contrario. En una especie de síndrome de Estocolmo laboral, el trabajador que conoce bien las "particularidades" y miserias de lo que ha estado perpetrando, sabe de las dificultades que su labor entraña y las tribulaciones, fuegos sin apagar, que aguardan a su sucesor. Tras de mi, el diluvio. Y piensas que aun debes entregar algo más que las horas, los días que has dado, a cambio de un salario. Y la certeza de que nunca volverás a charlar con Carlos o Luis de la conveniencia de cambiar tu café soluble habitual por el de esa otra tienda que te recomiendan. Magia intrascendente. O esas tardes cuando cruzaba la azotea en busca de la charla inocua de Inés y Alicia con que socavar mis momentos de indolencia. Calor amigable al abrigo de la vida laboral diaria. Extraño lugar en vías de extinción. Tantas cosas. El jodido equilibrio malabar de los últimos dos años. Y ahora, imaginar qué deparará lo siguiente. Quizás otro capítulo de esa partitura, discurso del engaño, de la esperanza desdibujada que es la existencia. Como aquel nuevo colegio, la basta facultad, o en ese otro anecdótico y anacrónico periplo en la milicia, donde lo que más me jodía es que alguien mandaba correr, de hecho, todo el mundo lo hacía, pero no sabías ni hacia donde ni por cuanto tiempo, y esa inconsistencia de mi voluntad, esa duda cruel, era lo que más me aterraba. Después todo resultó predecible. Pero todo aquello en distinto punto de la cuenta atrás, porque ya sé contar.


Adicionalmente, este fin de semana visitaba a un familiar en una residencia de la tercera edad, siendo yo de la segunda y acompañado de otros de la primera e, incluso, de alguien de la de 2,5. Aquí, el eufemismo como “manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o …” viene al pelo. Lugar donde la carrera de obstáculos que es la puñetera existencia se manifiesta con toda su crudeza. La final, pero no hay premios. Unos, arrastran lentamente sus zapatillas de felpa por los pasillos de un pulido gres que parece sacado de un casposo anuncio de los que precedían a las películas en los cines de provincias. Otros, son ayudados por enfermeras que parecen salidas de la próxima gran guerra euroasiática. Obligan a las ancianas a subir a sus habitaciones mientras la televisión borbotea la banal programación que antecede el telediario dominical. En un momento de descuido, un finado me espeta algo así como “disfruta joven de lo que tienes pues cuando llegues a mi edad, en el supuesto de que llegues, mira lo que serás”, suerte de mitin existencial. Asiento contemporizando; mientras, fuera, miro un patio soleado deshabitado, y, dentro, una extraña cola de sillas de ruedas de pacientes individuos que se ha formado delante de una puerta cerrada. Evito pensar en lo que puede haber al otro lado, mientras vislumbro la poca importancia que su espera, el tiempo, tiene ya para ellos.

Aquella noche en mi repaso voraz de la filmografía del año recién terminado, el protagonista de “El taxista ful” añora: “quiero vivir hasta que me muera”.

sábado, 13 de enero de 2007

"El enamorado de la Osa Mayor" de Sergiusz Piasecki

El mamut bebía, asintiendo con la cabeza. Tenía la cara como esculpida en piedra y sólo los ojos, unos ojos buenos, de niño, nos sonreían mientras reflejaban una avalancha de emociones y pensamientos que aquel hombre nunca sería capaz de expresar con palabras. Cuando nos disponíamos a marchar, el Rata llamó a la mujer del Mamut y le dijo:
- Ahora su marido no le sirve de gran cosa, ¿verdad?...
- ¡Qué le vamos a hacer! No me quejo...
- ¿Le apetecería poner una tienda o montar cualquier otro negocio?
Los ojos de la mujer brillaron de alegría.
- Pero. ¿con qué dinero?
- Yo pongo mil rublos -dijo el Rata.
- Yo también -seguí su ejemplo.
- Y aquí van otros mil -añadió el Sepulturero.
- ¿Y como los devolveré? -preguntó la mujer.
- ¡No es necesario! Lo hacemos por él -El Rata señaló al Mamut con el dedo-. Basta con que usted cuide de este... mamut, porque incluso un crío podría hacerle daño. En los tiempos que corren, se destroza a dentelladas a cualquiera que sea frágil y bueno.
Le dimos tres mil rublos a la mujer del Mamut y abandonamos su casa. Al día siguiente el Rata me trajo un paquete que alguien había mandado a su dirección, pero que estaba destinado a mi. El paquete procedía de Vilnius, de Pietrek. Dentro, había una carta y una cajita. En ella encontré una brújula de Bézard de excelente calidad en un estuche de piel. Nunca se me había ocurrido comprarme una brújula, aunque me hubiese resultado muy útil. A partir de ahora, incluso en la noche más oscura podría encontrar el rumbo en un terreno desconocido sin miedo a equivocarme. Aquella tarde, contemplé un largo rato la aguja fosforescente de mi brújula y, enternecido, pensaba en Pietrek: "¿Como se le ha ocurrido? A pesar de todo, ha pensado en mi... ¡La ha comprado para mi!"

Extracto de "El enamorado de la Osa Mayor" de Sergiusz Piasecki, noviembre de 1935.