El amor no compartido es una hemorragia. Durante los meses que siguieron, podría haberme dicho a mí mismo que todo iba bien, que estábamos empatados en amor; pero, por desgracia, nunca había tenido mucho talento para mentirme a mí mismo.
Recuerdo una noche, serían las diez, éramos una docena reunidos en un bar y todos hablaban con animación de las virtudes de las distintas discotecas, unas más house, otras más trance. Llevaba unos minutos con unas ganas espantosas de decirles que yo también quería entrar en ese mundo, divertirme con ellos, ir hasta el fin de la noche; estaba dispuesto a implorarles que me llevaran. Luego, por casualidad, vi mi cara reflejada en un espejo y lo entendí todo. Yo tenía cuarenta y muchos tantos; tenía la cara preocupada, rígida, marcada por la experiencia de la vida, las responsabilidades, los disgustos; no tenía para nada la pinta de alguien con quien puedes divertirte; estaba condenado.
Los celos, el deseo y el apetito de procreación tienen un mismo origen, que es el sufrimiento del ser. Es el sufrimiento de ser el que nos hace buscar al otro, como un paliativo; tenemos que superar esa fase para alcanzar el estado en el que el mero hecho de ser constituye en sí una ocasión permanente de júbilo; en el que la intermediación pasa a no ser más que un juego, emprendido libremente, no constitutivo del ser. En una palabra, debemos alcanzar la libertad de la indiferencia, condición que hace posible la perfecta serenidad.
de La posibilidad de una isla, Michel Houellebecq, 2005.
lunes, 3 de enero de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario