Los muertos viven con los vivos cuando los vivos no se resignan a que se vayan, y ésa es la mejor manera de que los vivos cedan parte de su existencia en aras de esa compañía que reconforta tanto como daña, pensó Mol, mientras la figura de Nora se desleía por el pasillo como una sombra macilenta y adquiría la inclinación con que el muerto verdadero acaba reposando en el lecho donde murió de verdad.
(...)
Nora Ferad había entrado en su alcoba, donde la luz de la ventana tenía un efecto calcáreo, y se había acostado sobre la colcha blanquecina de la cama, reposando con las manos abiertas y el rostro tendido hacia un lado, lo que a Mol no le permitió comprobar si mantenía los ojos abiertos.
La contempló un momento, lo suficiente para corroborar que la soledad de la enferma, en los años que discurrían tras la muerte repentina de Tarso Cedal a su lado, no tenía otra alternativa que aquella falta de resignación a que el muerto se fuese, lo que no era un conducto consolador pero sí piadoso al que se había encaminado sin otra expectativa que la que orientaba su propia enfermedad, esa muerte de cada día y cada instante que detenía el tiempo.
Tarso no estaba tendido a su lado. Las manos abiertas de Nora Ferad no retenían su caricia. El lecho de su muerte no conservaba el calor de la vigilia sino el frío del sueño que lo había ahogado.
de Luis Mateo Díaz, "El animal piadoso", 2009.
lunes, 5 de julio de 2010
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