Tengo un buen amigo que me cuenta pasa sus noches y fines de semana con su “cámara de red” para ver y estar con su amada que para muy lejos, a pesar de que él vive cinco horas por delante. Esta mañana me contaba que el domingo estuvo más de siete horas con ella.
“Y entonces tu imagen
toma mi pantalla
y te apoderas de mi
a través del monitor”
Yo al principio me mofaba de él. Qué cabrón como en El expreso de medianoche, le digo. Él mientras tanto trasteaba por la oficina buscando un portátil con “cámara para red” que llevarse para el fin de semana. Así al menos me puedo tumbar en la cama mientras escribo, comenta. Es que si no macho no veas que dolor de espalda toda la noche erguido frente a la pantalla de mi equipo. Hablan. De vez en cuando alguien sale de la pantalla. Claro, ella, me cuenta vienen su padres y oigo a su madre chillando de fondo porque habla muy alto. Oigo todo a su alrededor. Luego ella se echa la siesta un rato y yo la veo dormida allí en su cuarto. Yo supongo se ausentarán: disculpa, he de ir al baño. Me tengo que lavar el pelo, ahora vengo. Él ve el cambio. Todo ello, supongo, pasado por ese ocre propio y algo oscuro como se ven este tipo de cosas. Mira que vestido me he comprado ¿te gusta? Pienso que por la noche cuando el cuarto de mi amigo refleje apenas la luz incierta de una lámpara, su novia moverá su “cámara para la red” hacia una pared iluminada por la claridad de un día en otra estación y quizás una ventana refleje los colores de un día desconocido.
Mientras esto ocurría las horas de mi tarde discurrían entre el comienzo y el final de un libro; a ratos miro el cielo y las nubes y los árboles, un abeto, un ciprés, un sauce a lo lejos, moviéndose por el viento, las ramas inquietas, parecen hablar unos con otros en animada tertulia, hablando de mi allá abajo. El cielo azul al comienzo de la tarde, luego apenas azul oscuro entre los árboles ya sombras.
“Y entonces tu imagen
toma mi pantalla
y te apoderas de mi
a través del monitor”
Yo al principio me mofaba de él. Qué cabrón como en El expreso de medianoche, le digo. Él mientras tanto trasteaba por la oficina buscando un portátil con “cámara para red” que llevarse para el fin de semana. Así al menos me puedo tumbar en la cama mientras escribo, comenta. Es que si no macho no veas que dolor de espalda toda la noche erguido frente a la pantalla de mi equipo. Hablan. De vez en cuando alguien sale de la pantalla. Claro, ella, me cuenta vienen su padres y oigo a su madre chillando de fondo porque habla muy alto. Oigo todo a su alrededor. Luego ella se echa la siesta un rato y yo la veo dormida allí en su cuarto. Yo supongo se ausentarán: disculpa, he de ir al baño. Me tengo que lavar el pelo, ahora vengo. Él ve el cambio. Todo ello, supongo, pasado por ese ocre propio y algo oscuro como se ven este tipo de cosas. Mira que vestido me he comprado ¿te gusta? Pienso que por la noche cuando el cuarto de mi amigo refleje apenas la luz incierta de una lámpara, su novia moverá su “cámara para la red” hacia una pared iluminada por la claridad de un día en otra estación y quizás una ventana refleje los colores de un día desconocido.
Mientras esto ocurría las horas de mi tarde discurrían entre el comienzo y el final de un libro; a ratos miro el cielo y las nubes y los árboles, un abeto, un ciprés, un sauce a lo lejos, moviéndose por el viento, las ramas inquietas, parecen hablar unos con otros en animada tertulia, hablando de mi allá abajo. El cielo azul al comienzo de la tarde, luego apenas azul oscuro entre los árboles ya sombras.
