1) You can have it all,
2) You can have it all,
3) You can have it all, y,
4) You can have it all
Yo la tengo
viernes, 11 de diciembre de 2009
lunes, 7 de diciembre de 2009
martes, 1 de diciembre de 2009
viernes, 13 de noviembre de 2009
"Además de ese abatimiento, no era capaz de desprenderse de la idea de que Besfort Y. cualquiera que fuese la situación, era peligroso. Todo era difícil con él, pero, sin él, imposible."
Ismaíl Kadare: "El accidente" (2009)
"La pasión es el elemento en el que vivimos; sin ella, apenas vegetamos (Byron)".
Carlos Fuentes: "Cambio de piel" (1967)
Ismaíl Kadare: "El accidente" (2009)
"La pasión es el elemento en el que vivimos; sin ella, apenas vegetamos (Byron)".
Carlos Fuentes: "Cambio de piel" (1967)
viernes, 14 de agosto de 2009
viernes, 7 de agosto de 2009
martes, 7 de abril de 2009
lunes, 2 de marzo de 2009
El luchador
Traigo a colación ahora una de esas historias que se desarrollan en una sala oscura de ese fastuoso centro comercial, o de ocio, que tienes cerca de casa, con abundancia de horarios para que hagas un hueco en tu vida y vayas a contemplar esas otras, muertas, pero que ¿realzan-dulcifican-aligeran? la tuya.
Y es que últimamente abundan.
No esos amables ejercicios de pirotecnia anestésica que en el mejor de los casos nos embullen en nuestra butaca y devienen agujeros negros de 2 horas con que paliar nuestra pobre existencia.
Sino los geniales. Pero de los que marcan nuestras vidas porque son eso mismo, con sus coordenadas descarnadamente despejadas, su tristeza, esa de “yo no voy al cine para ver esto”. Las que hablan, por ejemplo, del final de la vida de una pareja (Revolutionary Road, Sam Mendes, 2008), de la pérdida de un amor nunca recuperado que marca la existencia (The reader, Stephen Daldry, 2008), del inescrutable paso del tiempo y sus consecuencias (The Curious Case of Benjamin Button, David Fincher, 2008); todas ellas con el paradigma común del amor como necesidad insoslayable de la existencia humana, que marca ya incluso desde una edad temprana, como la rescatada Camino (Javier Fesser, 2008) o la ya citada The Reader.
Como en El Luchador (The wrestler, Darren Aranofsky, 2008).
Una película sobre dos seres con vidas casi paralelas, porque viven de sus cuerpos; el protagonista principal, Randy (Mickey Rourke) un luchador decadente que agota los últimos estertores de su carrera en espectáculos de baja estopa para disfrute y consumo de un atajo de freaks, anormales y fans nostálgicos, cuya historia sirve además de fondo del film, el mundo del wrestling americano. El otro, la chica Cassidy (Marisa Tomei), una stripper que muestra cada noche su atractiva y madura carnalidad en la barra de un club de mala muerte.
La película es de una negrura que se mastica desde el primer fotograma pues el antitético y rockero prólogo de títulos, en el tono festero de esas películas de héroes Marvel tan al uso, da paso a un plano de Randy que se recupera del cansancio de su última pelea casi reclinado sobre la banqueta de algo que parece ser el aula de un colegio. Se inscribe en la mejor tradición del cine negro USA del subgénero de boxeo. Aderezada de sexo, violencia hasta el masoquismo, incluso con pasajes auténticamente gore que ya quisiera para una de las suyas ese otro maestro de la nueva carne que es David Cronenberg, donde se describen las automutilaciones que causan las “parodias” que venden los luchadores con toda su crudeza menos cómica. Las escenas de pelea resultan más epidérmicas y angustiosas si cabe que esa otra reciente lindeza del género, Million Dollar Baby (Clint Eastwood, 2004). La banda sonora es otro acierto dando el justo contrapunto a los dilemas de los personajes, salteada de viejos éxitos de bandas de rock de los 80. La puesta en escena del director neoyorkino Arafnosky es nada trivial; las peleas rodadas con el absoluto desparpajo ya comentado, resultando particularmente llamativo el planteamiento de uno de los 3 combates que puntean el film, el mostrado en la parte central del mismo, es un atractivo flashback planificado a resultas de los estragos que el combate va causando en los contrincantes, o, con ocasión de los diálogos entre los personajes, el otro pie que sustenta la peli, no están rodados en el clásico plano-contraplano sino que la cámara en mano se revuelve entre aquellos.
Pero en la negrura, a veces insoportable, que preside la historia y el marcado carácter de perdedores que asumen los personajes, hay una búsqueda de sobrevivir a toda costa, de volver a nacer cada día, de expiar los errores cometidos, de conseguir vencer la soledad, de búsqueda del otro, de buscar el amor. Hay un ansia de salir del cieno pese a esa carga del pasado que se destila en cada poro de metraje, excepcionalmente recogida en esa foto de su hija Stephanie (Evan Rachel Word), aun niña, que guarda Randy y que esconde en su reverso una lista de números de teléfono todos tachados salvo el último. A la trama sentimental, aquí la necesidad de Randy de amar como única tabla de salvación, como la historia de amor iniciático en The reader, destinada a ser sólo un preámbulo, se solapan otras de fondo, como en aquella, la hipocresía jurídica en la Alemania de posguerra tras el holocausto judío, a mi juicio, más difusa y que pasa a un segundo plano, en la que nos ocupa, el drama de fondo de los supervivientes –algunas fases de la cinta adquieren un tono semidocumental acerca del mundo del wrestling USA- que ven como su mundo se acaba, de las cuales el cine estadounidense nos ha regalado no pocos ejemplos como en ese film crepuscular acerca del mundo de los rodeos que era Junior Bonner (Sam Peckinpah, 1972), es omnipresente y está al mismo nivel que el drama entre los personajes. De hecho en El luchador ambos dramas convergen en las secuencias finales donde la imposibilidad de Randy de obtener el amor de Cassidy, así como recuperar la estima de su hija, le empujan a un acto de sacrificio supremo, de comunión, de entrega a su público de siempre y su final.
Y es que últimamente abundan.
No esos amables ejercicios de pirotecnia anestésica que en el mejor de los casos nos embullen en nuestra butaca y devienen agujeros negros de 2 horas con que paliar nuestra pobre existencia.
Sino los geniales. Pero de los que marcan nuestras vidas porque son eso mismo, con sus coordenadas descarnadamente despejadas, su tristeza, esa de “yo no voy al cine para ver esto”. Las que hablan, por ejemplo, del final de la vida de una pareja (Revolutionary Road, Sam Mendes, 2008), de la pérdida de un amor nunca recuperado que marca la existencia (The reader, Stephen Daldry, 2008), del inescrutable paso del tiempo y sus consecuencias (The Curious Case of Benjamin Button, David Fincher, 2008); todas ellas con el paradigma común del amor como necesidad insoslayable de la existencia humana, que marca ya incluso desde una edad temprana, como la rescatada Camino (Javier Fesser, 2008) o la ya citada The Reader.
Como en El Luchador (The wrestler, Darren Aranofsky, 2008).
Una película sobre dos seres con vidas casi paralelas, porque viven de sus cuerpos; el protagonista principal, Randy (Mickey Rourke) un luchador decadente que agota los últimos estertores de su carrera en espectáculos de baja estopa para disfrute y consumo de un atajo de freaks, anormales y fans nostálgicos, cuya historia sirve además de fondo del film, el mundo del wrestling americano. El otro, la chica Cassidy (Marisa Tomei), una stripper que muestra cada noche su atractiva y madura carnalidad en la barra de un club de mala muerte.
La película es de una negrura que se mastica desde el primer fotograma pues el antitético y rockero prólogo de títulos, en el tono festero de esas películas de héroes Marvel tan al uso, da paso a un plano de Randy que se recupera del cansancio de su última pelea casi reclinado sobre la banqueta de algo que parece ser el aula de un colegio. Se inscribe en la mejor tradición del cine negro USA del subgénero de boxeo. Aderezada de sexo, violencia hasta el masoquismo, incluso con pasajes auténticamente gore que ya quisiera para una de las suyas ese otro maestro de la nueva carne que es David Cronenberg, donde se describen las automutilaciones que causan las “parodias” que venden los luchadores con toda su crudeza menos cómica. Las escenas de pelea resultan más epidérmicas y angustiosas si cabe que esa otra reciente lindeza del género, Million Dollar Baby (Clint Eastwood, 2004). La banda sonora es otro acierto dando el justo contrapunto a los dilemas de los personajes, salteada de viejos éxitos de bandas de rock de los 80. La puesta en escena del director neoyorkino Arafnosky es nada trivial; las peleas rodadas con el absoluto desparpajo ya comentado, resultando particularmente llamativo el planteamiento de uno de los 3 combates que puntean el film, el mostrado en la parte central del mismo, es un atractivo flashback planificado a resultas de los estragos que el combate va causando en los contrincantes, o, con ocasión de los diálogos entre los personajes, el otro pie que sustenta la peli, no están rodados en el clásico plano-contraplano sino que la cámara en mano se revuelve entre aquellos.
Pero en la negrura, a veces insoportable, que preside la historia y el marcado carácter de perdedores que asumen los personajes, hay una búsqueda de sobrevivir a toda costa, de volver a nacer cada día, de expiar los errores cometidos, de conseguir vencer la soledad, de búsqueda del otro, de buscar el amor. Hay un ansia de salir del cieno pese a esa carga del pasado que se destila en cada poro de metraje, excepcionalmente recogida en esa foto de su hija Stephanie (Evan Rachel Word), aun niña, que guarda Randy y que esconde en su reverso una lista de números de teléfono todos tachados salvo el último. A la trama sentimental, aquí la necesidad de Randy de amar como única tabla de salvación, como la historia de amor iniciático en The reader, destinada a ser sólo un preámbulo, se solapan otras de fondo, como en aquella, la hipocresía jurídica en la Alemania de posguerra tras el holocausto judío, a mi juicio, más difusa y que pasa a un segundo plano, en la que nos ocupa, el drama de fondo de los supervivientes –algunas fases de la cinta adquieren un tono semidocumental acerca del mundo del wrestling USA- que ven como su mundo se acaba, de las cuales el cine estadounidense nos ha regalado no pocos ejemplos como en ese film crepuscular acerca del mundo de los rodeos que era Junior Bonner (Sam Peckinpah, 1972), es omnipresente y está al mismo nivel que el drama entre los personajes. De hecho en El luchador ambos dramas convergen en las secuencias finales donde la imposibilidad de Randy de obtener el amor de Cassidy, así como recuperar la estima de su hija, le empujan a un acto de sacrificio supremo, de comunión, de entrega a su público de siempre y su final.
lunes, 9 de febrero de 2009
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)









