No hay localidades para la sesión de las 19,30: el letrero más temido.
Parece que la tragedia acelera mi ánimo.
Pienso en el efecto benéfico de meterme en un cine para ver una vieja
peli de 1944 en fascinante B/N titulada
La torre de los siete jorobados, española, fantástica, realizada en plena posguerra, mágico paralelismo con mi intento –vano- de alejamiento del mundanal ruido.
Mientras esto garabateo podría estar viéndola.
Y no sé porqué no estoy absolutamente decepcionado.
He logrado vencer mis barreras horarios y las más de 10 estaciones que me separaban de mi cubil laboral, qué desafío.
Me regenera pensar que el mundo tiene algo más que hacer a estas horas de la tarde, ya noche. Auge cultural. Como ese kiosco que veo desparrama sus revistas, sus libros por toda la pared del
sex-shop aledaño mientras me alejo de la Filmoteca.
Mundo Fantástico.
El vendedor en el interior iluminado de un kiosco de la Once asoma sus ojos entre las hojas, pega su nariz en un libro de
Bob Dylan. Afuera el frío y la noche pero él se embulle, adivina entre las páginas y la luz de su cuchitril. Imagen que revive mi ánimo.
En una pajarería, eufemismo de todo menos pájaros, habitáculos a modo de peceras –sin peces- algo se estremece sepultado entre las virutas de papel. En otra sólo se ve un lomo apenas palpitante. Otro
"mira ese que mono" hipnotiza a los viandantes.
Más adelante una pareja se busca la boca en la oscuridad.
Es un Madrid ocre, intimidado por unas calles que ya apuntan los fastos de fechas venideras, las conversaciones amortiguadas de los cafés al otro lado del cristal se intuyen, envidian, aman al pasar. Que huele a escape de autobús y a pastelería. Que conozco.
¿Y si a la vuelta de la esquina, me paro, me agacho, levanto la tapa de la alcantarilla y me deslizo por unas oscuras escaleras alumbradas por crepitantes antorchas que conducen a La torre?
Esperaré a otra ocasión. Ni editada ni pase televisivo pasado que recuerde. Me gustan los imposibles.