
lunes, 20 de agosto de 2007
jueves, 16 de agosto de 2007
Aquella mañana era muy pronto y decidí ir a buscar una historia, puse mi coche rumbo al Cañón; me rondaban la cabeza mis últimas lecturas de Juan G Atienza y quizás paseando entre aquellas paredes milenarias, sus bosques, encontrara yo la inspiración, perdida, un mágico secreto que siglos atrás había llevado a esos monjes templarios a vivir en aquellas tierras. Elucubrar un best-seller quizás.
Pero no hallé nada.
Y puse camino a la ciudad de mi infancia.
Mientras viajo contemplo un cielo, que sólo a ratos permite algún rayo de sol, que se abate plomizo, nubes grises que presagian lluvia se levantan sobre la carretera y los pueblos al pasar, desiertos en las primeras horas de la tarde. La mano interior escarba en mi y acaricia mi tristeza. Plazas vacías, alguna tienda cerrada, una barra de bar desierta, un parque vacío, sus bancos vacíos; quisiera mondar, taladrar la estructura de las casas que veo al pasar, como levantar una gran piedra y descubrir un hormiguero, para adivinar las vidas secretas de sus habitantes, que allí se esconden, saber de sus alegrías, historias y tristezas para así entender, mitigar mi angustia.
Ya en la ciudad de mi adolescencia me siento en el Bar Machado en compañía del Tío Jack, efímero bálsamo. En ciudades pequeñas como esta, apenas cambiante, la fuerza de la piedra inerte antiquísima me hace sentir el peso del paso fugaz, indiferente de mi vida pues ellas perduran, yo no. Apunto esto en mi libreta negra sentado junto al ventanal del bar; al calor del segundo, discurre la tarde que languidece mientras una muchedumbre de paseantes invade la calle que transcurre al otro lado del cristal. Es curiosa la pervivencia de ese ancestral paseo vespertino donde cada cual pone un punto y seguido a sus vidas y muestran su individualidad a la de sus vecinos.
De repente me quedo petrificado. Una pareja se ha parado a escasos metros de mi atalaya; el hombre empuja un carrito, no sabría decir si es alto o bajo, atractivo o no, saludan a unos conocidos pero ella mira a un lado y a otro de la calle. Su cara es mezcla de expectación y aburrimiento: es Ella. Por un momento su mirada se para en la mía, retrocede pero mira a otra parte, inalterable; siguen su marcha y desaparecen de mi cristal. Luego alguien me toca en el hombro …
Me levanto temprano con esa sensación de que algo ha pasado pero no recuerdo; la niebla, densa, no deja ver más allá de tres metros; contribuye a mantener las débiles señales de un sueño vivido, disipándose. Mientras desayuno y leo el periódico esa niebla se ha despejado y cuando salgo a la calle un día soleado abriga un tímido sentimiento parecido al placer que va aumentando mientras bajo paseando, correteando a ratos, hacia el río.
La mañana apacible invita a contemplar ese otro mundo paralelo que el suave curso del Duero refleja en él: los árboles, la orilla, el viejo puente.
Hacia el mediodía decido hacer una parada en mi rincón favorito, apoyarme en el viejo árbol desde el que se domina el cauce del río transcurrir hacia el viejo puente del tren. Veo una fecha tallada y un nombre; aquí apoyado en el árbol arrobado por el sol aún invernal, fijo mi vista en las aguas que acunadas por la brisa ocasional despiden reflejos. Resplandor. Y descubrí allí tirada junto al árbol una libreta como esos gruesos cuadernillos con anillas de nuestra niñez. Alguien debió dejarla olvidada. Conseguí vencer mi primer impulso de arremeter contra el anonimato de mi descubrimiento, quien sabe lo que una libreta misteriosa puede esconder en tierra de poetas. Miro a mi alrededor y no veo a nadie salvo algún ciclista disperso en la orilla de enfrente. Me levanto inquieto, rodeo mi árbol, celoso porque al parecer es cobijo deseado por más gente. La mañana termina, las parejas se alejan rumbo a la ciudad de mi juventud pero el mágico calor de un sol resplandeciente persistía. Y mi desconcierto también. Y paso muchos minutos pensando qué hacer. La libreta a un lado en el suelo, un pequeño lápiz color morado prendido entre sus anillas, el árbol y yo. Si finalmente no lo adopto y nadie viene, mañana puede pasar cualquiera y tirarlo al río. No recuerdo haber esperado más del mejor libro así que giro con suavidad su tapa color amarillo con los gastados bordes abiertos hacia arriba enseñando las entrañas del cartón y leo una frase en la primera hoja que seguro es un título, escrito en rojo, “Leyenda de Dorotea, la princesa cantante”. Sigo dudando en elevar el cuaderno que dejo apoyado en el césped, cogerlo entre mis manos y empezar a leer. En la segunda página aparece una letra menuda pero clara, muchas veces escrita, borrada y vuelta a escribir, horadada en el papel, difuminada tras el paso de una mano, repasada, incrustaciones casi-pétreas de goma de borrar. Me decido: “Érase una joven cortesana que vivía encerrada en el castillo familiar sin apenas compañía exceptuando la de una anciana sirvienta. Su nombre …”
Absorto en la reciente lectura, apenas reparo en algo que chapotea y cuando levanto la vista del cuaderno para apreciar el destello del agua, música de las letras, veo un rostro mirándome. Miedoso pero firme; preocupada pero alegre, no mayor de dieciséis años. Bajo el negro de sus ojos veo un momento los árboles reflejados, a mí mismo. ¿Supongo que es tuya? Vaqueros desgastados, agachada frente a mi, sus zapatillas verdes confundiéndose en el césped. Gracias. Se la entrego; no, es tuya. Jersey negro de cuello largo. Tengo que marcharme, cara dulce, pelo oscuro, corto, a lo chico. Parece buena. Gracias. Otra vez. No está terminada; alegres pecas en la nariz. Te acompaño si subes al centro; viví aquí, ahora no; soy de fiar, apenas he leído tu historia. Paseamos, subimos lentamente las calles y contemplo lugares escondidos en mi memoria. De vez en cuando miro su figura decidida caminando a mi lado. No sé qué decirle. ¿Porque te fuiste? Decidí continuar en otra parte. Yo también cuando sea escritora me marcharé. Mi casa es esa de la esquina. Frente al Instituto, aquel soportal conocido. Nos dimos la mano. Ella llamó al micrófono de la puerta. Un chasquido, soy Tea, abre por favor. Su nombre, como el de Ella, la princesa. Le deseé suerte y se hundió en el portal. Pero me miró tras el cristal. Le sonreí, se fue, me alejé buscando mi coche de vuelta a mi ciudad actual.
Dedicado a Juan Manuel, que ojalá siga regalándonos grandes historias como El séptimo velo.
Pero no hallé nada.
Y puse camino a la ciudad de mi infancia.
Mientras viajo contemplo un cielo, que sólo a ratos permite algún rayo de sol, que se abate plomizo, nubes grises que presagian lluvia se levantan sobre la carretera y los pueblos al pasar, desiertos en las primeras horas de la tarde. La mano interior escarba en mi y acaricia mi tristeza. Plazas vacías, alguna tienda cerrada, una barra de bar desierta, un parque vacío, sus bancos vacíos; quisiera mondar, taladrar la estructura de las casas que veo al pasar, como levantar una gran piedra y descubrir un hormiguero, para adivinar las vidas secretas de sus habitantes, que allí se esconden, saber de sus alegrías, historias y tristezas para así entender, mitigar mi angustia.
Ya en la ciudad de mi adolescencia me siento en el Bar Machado en compañía del Tío Jack, efímero bálsamo. En ciudades pequeñas como esta, apenas cambiante, la fuerza de la piedra inerte antiquísima me hace sentir el peso del paso fugaz, indiferente de mi vida pues ellas perduran, yo no. Apunto esto en mi libreta negra sentado junto al ventanal del bar; al calor del segundo, discurre la tarde que languidece mientras una muchedumbre de paseantes invade la calle que transcurre al otro lado del cristal. Es curiosa la pervivencia de ese ancestral paseo vespertino donde cada cual pone un punto y seguido a sus vidas y muestran su individualidad a la de sus vecinos.
De repente me quedo petrificado. Una pareja se ha parado a escasos metros de mi atalaya; el hombre empuja un carrito, no sabría decir si es alto o bajo, atractivo o no, saludan a unos conocidos pero ella mira a un lado y a otro de la calle. Su cara es mezcla de expectación y aburrimiento: es Ella. Por un momento su mirada se para en la mía, retrocede pero mira a otra parte, inalterable; siguen su marcha y desaparecen de mi cristal. Luego alguien me toca en el hombro …
Me levanto temprano con esa sensación de que algo ha pasado pero no recuerdo; la niebla, densa, no deja ver más allá de tres metros; contribuye a mantener las débiles señales de un sueño vivido, disipándose. Mientras desayuno y leo el periódico esa niebla se ha despejado y cuando salgo a la calle un día soleado abriga un tímido sentimiento parecido al placer que va aumentando mientras bajo paseando, correteando a ratos, hacia el río.
La mañana apacible invita a contemplar ese otro mundo paralelo que el suave curso del Duero refleja en él: los árboles, la orilla, el viejo puente.
Hacia el mediodía decido hacer una parada en mi rincón favorito, apoyarme en el viejo árbol desde el que se domina el cauce del río transcurrir hacia el viejo puente del tren. Veo una fecha tallada y un nombre; aquí apoyado en el árbol arrobado por el sol aún invernal, fijo mi vista en las aguas que acunadas por la brisa ocasional despiden reflejos. Resplandor. Y descubrí allí tirada junto al árbol una libreta como esos gruesos cuadernillos con anillas de nuestra niñez. Alguien debió dejarla olvidada. Conseguí vencer mi primer impulso de arremeter contra el anonimato de mi descubrimiento, quien sabe lo que una libreta misteriosa puede esconder en tierra de poetas. Miro a mi alrededor y no veo a nadie salvo algún ciclista disperso en la orilla de enfrente. Me levanto inquieto, rodeo mi árbol, celoso porque al parecer es cobijo deseado por más gente. La mañana termina, las parejas se alejan rumbo a la ciudad de mi juventud pero el mágico calor de un sol resplandeciente persistía. Y mi desconcierto también. Y paso muchos minutos pensando qué hacer. La libreta a un lado en el suelo, un pequeño lápiz color morado prendido entre sus anillas, el árbol y yo. Si finalmente no lo adopto y nadie viene, mañana puede pasar cualquiera y tirarlo al río. No recuerdo haber esperado más del mejor libro así que giro con suavidad su tapa color amarillo con los gastados bordes abiertos hacia arriba enseñando las entrañas del cartón y leo una frase en la primera hoja que seguro es un título, escrito en rojo, “Leyenda de Dorotea, la princesa cantante”. Sigo dudando en elevar el cuaderno que dejo apoyado en el césped, cogerlo entre mis manos y empezar a leer. En la segunda página aparece una letra menuda pero clara, muchas veces escrita, borrada y vuelta a escribir, horadada en el papel, difuminada tras el paso de una mano, repasada, incrustaciones casi-pétreas de goma de borrar. Me decido: “Érase una joven cortesana que vivía encerrada en el castillo familiar sin apenas compañía exceptuando la de una anciana sirvienta. Su nombre …”
Absorto en la reciente lectura, apenas reparo en algo que chapotea y cuando levanto la vista del cuaderno para apreciar el destello del agua, música de las letras, veo un rostro mirándome. Miedoso pero firme; preocupada pero alegre, no mayor de dieciséis años. Bajo el negro de sus ojos veo un momento los árboles reflejados, a mí mismo. ¿Supongo que es tuya? Vaqueros desgastados, agachada frente a mi, sus zapatillas verdes confundiéndose en el césped. Gracias. Se la entrego; no, es tuya. Jersey negro de cuello largo. Tengo que marcharme, cara dulce, pelo oscuro, corto, a lo chico. Parece buena. Gracias. Otra vez. No está terminada; alegres pecas en la nariz. Te acompaño si subes al centro; viví aquí, ahora no; soy de fiar, apenas he leído tu historia. Paseamos, subimos lentamente las calles y contemplo lugares escondidos en mi memoria. De vez en cuando miro su figura decidida caminando a mi lado. No sé qué decirle. ¿Porque te fuiste? Decidí continuar en otra parte. Yo también cuando sea escritora me marcharé. Mi casa es esa de la esquina. Frente al Instituto, aquel soportal conocido. Nos dimos la mano. Ella llamó al micrófono de la puerta. Un chasquido, soy Tea, abre por favor. Su nombre, como el de Ella, la princesa. Le deseé suerte y se hundió en el portal. Pero me miró tras el cristal. Le sonreí, se fue, me alejé buscando mi coche de vuelta a mi ciudad actual.
Dedicado a Juan Manuel, que ojalá siga regalándonos grandes historias como El séptimo velo.
domingo, 12 de agosto de 2007
Concurso fotográfico
Finalista I Concurso (no convocado aún) de Fotografía (agro) turística Verano 2007. Tema: Vacas en la playa.Cadiz, Jimena de La Frontera, agosto de 2007.
Autor: Kike Palacio
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